domingo, 11 de marzo de 2012

Trayectorias divergentes de los partidos de izquierda en América Latina.

Izquierda Dividida

Por: Eduardo Dargent (Politólogo)

Mi invitado, Daniel Nogueira Budny (Universidad de Texas en Austin), nos adelanta las conclusiones de su tesis doctoral sobre las trayectorias divergentes de los partidos de izquierda en América Latina. Esta mirada comparada constituye un aporte valioso al análisis de la caída de IU en el Perú.


Mientras algunos partidos de izquierda en América Latina desarrollaron raíces profundas en sus sociedades, construyeron organizaciones partidarias fuertes y ganaron elecciones nacionales (el PT de Brasil o el Frente Amplio de Uruguay, por ejemplo), otros sufrieron divisiones y perdieron seguidores, algunos incluso después de alcanzar buenos resultados iniciales (como La Causa Radical en Venezuela y la IU en el Perú). ¿Cómo explicar estas diferentes trayectorias?

En mi investigación doctoral propongo que tanto la escena institucional bajo la que se desarrolló un partido de izquierda en sus momentos formativos, como los tipos de desafíos enfrentados por dicho partido durante su fundación, determinan su futura habilidad para adaptarse exitosamente a cambios en el contexto político.

Primero, en los países latinoamericanos en los que la represión autoritaria desmontó la estructura organizativa y la capacidad de movilización de partidos izquierdistas pre-existentes, surgió un espacio en el espectro político que permitió el nacimiento de nuevos partidos izquierdistas sin ataduras con el Marxismo-Leninismo ortodoxo. En tales países, la izquierda rechazó ideologías utópicas iliberales, reconoció el valor de comprometerse con los demás partidos democráticos y adoptó el papel de defensor de los derechos políticos (en parte, para defenderse de la represión gubernamental).

Entretanto, la izquierda tradicional peruana floreció bajo la dictadura militar. Como no hubo una represión fuerte (en comparación al Cono Sur), nunca surgió la necesidad de moderarse. De hecho, la izquierda, inicialmente, se radicalizó para diferenciarse de Velasco. Luego, como cualquier grupo político podía participar en las elecciones a la Asamblea Constituyente; independientemente de su ideología, la izquierda no tuvo ninguna razón para moderarse.

La IU y el PT fueron fundados con apenas siete meses de diferencia. Pero mientras el PT nació como un partido de la izquierda “reformada”, la IU nació como un partido todavía ortodoxo, dogmático y sectario, características que perjudicarían sus oportunidades de moderarse en el largo plazo.

Segundo, las medidas arbitrarias utilizadas por muchos regímenes autoritarios para perseguir a los partidos izquierdistas animaron involuntariamente la construcción de partidos de izquierda fuertes y flexibles. Debido a que el proceso de construcción partidaria tiene un alto costo político y económico a corto plazo, y su valor institucional electoral solo se reconoce a largo plazo, los partidos necesitan un incentivo externo (por ejemplo, una amenaza a su existencia) para embarcarse en este esfuerzo.

Para poder sobrevivir y superar dichos desafíos, estos partidos tuvieron que construir organizaciones disciplinadas y capaces de adaptarse: desarrollaron una burocracia partidaria, crearon una estructura jerárquica y adoptaron mecanismos mayoritarios de toma de decisiones. Este desarrollo organizativo ayudó involuntariamente a que estos partidos se moderen y modernicen. Porque, por lo general, el cambio institucional profundo en la historia se da “de arriba hacia abajo”, con liderazgos claros y con partidarios disciplinados.

La alianza electoral IU no pudo unificarse; menos aún construir un partido con esas características. Sin un enemigo común, los líderes de los partidos representados en IU no tuvieron incentivos para superar su sectarismo y, por eso, insistieron en adoptar un mecanismo consensual de toma de decisiones. Un fenómeno similar ha estado presente en La Causa Radical: como nunca tuvo un incentivo para unificarse por un desafío externo (porque nació bajo una democracia nominal), el partido permaneció poco organizado. Igual que la IU, LCR nunca desarrolló una institución partidaria ni capacidad organizacional y siempre insistió en tomar las decisiones por consenso. Igual que la IU, LCR fracasó electoralmente. Sin una organización moderna y eficaz, entonces los partidos no tienen chance de adaptarse con éxito a los cambios externos.

En síntesis, cuando enfrentaron desafíos cruciales al inicio de su vida institucional, los partidos izquierdistas fueron forzados a realizar cambios que, involuntariamente, ayudarían al futuro proceso de moderarse, modernizarse y poder adaptarse a sus nuevas condiciones. Por el contrario, cuando estos desafíos no estuvieron presentes, los partidos de izquierda quedaron incapacitados para adaptarse a las nuevas realidades de la competencia electoral. Parece que el éxito requiere sacrificios.

Daniel Nogueira Budny.

Fuente: Diario 16 (Perú). 04-03-2012.

sábado, 10 de marzo de 2012

Crítica a las tesis y conclusiones del libro "Apogeo y crisis de la izquierda peruana", conjunto de ensayos y entrevistas compilado por el sociólogo Alberto Adrianzén.

Un pasado sin futuro: una mirada crítica del libro Apogeo y crisis de la izquierda peruana

La izquierda peruana está al debate. El último insumo es el libro Apogeo y crisis de la izquierda peruana, editado por Alberto Adrianzén. Se trata de un balance, desde las élites, de la actuación de Izquierda Unida hace más de 20 años, con fines tanto académicos como políticos.

Por: Carlos León Moya (*)

Sin embargo, considero que el libro no cumple bien ninguno de sus dos objetivos. Por el lado académico, la mayoría de los principales argumentos de los ensayos que lo componen ya han sido expuestos antes, y el recuento de las conocidas variables que condujeron a la crisis de la izquierda no trae novedad. Es poco el aporte de nuevo conocimiento. En cambio, las entrevistas sí son un buen insumo para estudios posteriores, aunque con distinta suerte. Mientras algunas son realmente notables y de contenido imprescindible, en otras se obtiene bastante poco al dejarse a los entrevistados recluirse en sus propios discursos.

Aunque su objetivo político es recordar la existencia de una tradición de izquierda y ayudar a conocer con qué se rompe y qué se continúa de esta, creo que una historia crítica de lo ocurrido en IU, hecha por los mismos actores, difícilmente tenga más que un liviano efecto. La enumeración y explicación somera de sus vicios y errores no llega a dar cuenta de por qué gran parte de estos se mantienen en la actualidad ni por qué se cometieron nuevos errores en los últimos años. La izquierda de ahora afronta nuevos problemas, y le es más útil mirar casos de éxito contemporáneo, en la izquierda latinoamericana y también en partidos peruanos de otra tendencia ideológica, que rebuscar las claves de su futuro en su baúl de fotos grises.

1. Los cuatro ensayos

Los ensayos de Osmar Gonzales y Alberto Adrianzén regresan hasta Mariátegui para analizar IU. Por un lado, mucha de su exposición histórica, salvo algunas hipótesis interesantes, ya estaba detallada en publicaciones anteriores incluso del propio Gonzales. Por otro lado, llama la atención la ausencia de comparación: a pesar del énfasis que se pone en variables internacionales (Comintern, Revolución Cubana, conflicto sino-soviético) no se compara con casos de la región que tuvieron similares características pero resultados distintos.

Ambos acaban sus textos con una lista de las causas de la división de IU según varios autores. Final legítimo pero de poca ayuda. Pareciera así que todas las respuestas son válidas, y que si hay visiones encontradas no hay que contrastarlas sino únicamente señalarlas. Nuevamente no hay explicación a por qué fracasó la izquierda, sino otra suma de posibles respuestas a escoger.

Además, a pesar de que en un ensayo uno elige a discreción lo que cree más útil para su argumento, es notable la ausencia de textos importantes. Se omite por ejemplo a Maxwell Cameron, cuyo estudio de la caída de IU concluye que esta se debió a la dilución de su base social, debido a la informalización de los trabajadores, sumada a las estrategias distintas e irreconciliables de sus dirigencias. Tampoco están los estudios de Henry Dietz, uno de los cuales, hecho con William Dugan, demuestra con cifras que la izquierda no tuvo un monopolio natural del voto de las clases populares en la década del ochenta, ni el libro de Kenneth Roberts que compara la izquierda peruana con la chilena en esa década, llegando a interesantes conclusiones. En cambio, vemos el apellido Adrianzén citado reiteradas veces.

El ensayo de Francisco Guerra García es la visión personal de un argumento conocido: la izquierda se dividió por la tensión entre radicales y moderados. Antonio Zapata rebatió ese argumento en su última columna señalando que los cristianos de izquierda, más cercanos a los moderados, continuaron junto a los radicales en IU. En cambio, el ensayo de Javier Diez Canseco da cuenta de cuatro tensiones que a su juicio recorrieron IU, criticando de forma implícita la postura que él propugnó cuando fue dirigente del Partido Unificado Mariateguista. La sustentación de sus argumentos en documentos partidarios, aunque dificultan la lectura, hacen aún más valioso su testimonio. Sin embargo, Diez Canseco habla muchas veces con la voluntad del político y no con la frialdad del analista. Eso salta a la vista en la seguridad con que asume que IU pudo haber tenido un perfil propio, a pesar de estar aplastada entre el APRA por un lado y el MRTA con Sendero Luminoso por otro, o en su convicción de que la Asamblea Nacional Popular podía tener un futuro auspicioso, a pesar de la precariedad económica. Aun con esas limitaciones, es un aporte valioso que incluso aventura respuestas a lo ocurrido en los noventa.

Finalmente, al leer los cuatro ensayos uno encuentra, más que respuestas, señalamiento de tensiones. La enumeración de estas es entendible cuando se está frente a un objeto nuevo y le es útil para ubicarse por primera vez… pero IU es un objeto de hace 22 años.

2. Las 24 entrevistas

Las entrevistas son de resultados variados. Mientras algunas son un material importante para futuros análisis y comprensiones de la izquierda, en otras los entrevistados se acomodan entre las preguntas y dan respuestas planas y retóricas que son de poca ayuda.

En el primer caso, ubico las entrevistas a Henry Pease, Carlos Tapia, Santiago Pedraglio, Rolando Ames y Hugo Blanco. Son sinceras, algunas crudas, aventuran explicaciones como actores de primer orden, cuentan sucesos que grafican mejor las disputas, o brindan luz sobre aspectos en debate o no tocados. Es llamativo que estas cinco personas no pertenezcan orgánicamente a la izquierda al menos desde hace una década. ¿Será que la distancia orgánica les generó una mayor soltura o perspectiva? Ricardo Letts y Antonio Zapata podrían estar en esta lista, más que por sus entrevistas, por sus textos publicados en distintos momentos. Destaco la carta de renuncia al PUM de Letts y los comentarios constantes de Zapata.

En cambio, las entrevistas a César Barrera Bazán, Rolando Breña, Alberto Moreno y Manuel Dammert Ego Aguirre son enjutas y de aporte muy limitado. Acaso el actual rol dirigencial en Patria Roja de los tres primeros juega en su contra. Las críticas al caudillismo y al ideologismo en la izquierda no son cosa nueva, sino parte del clisé autocrítico instalado hace buenos años, y en sus entrevistas es lo que más se ve. El texto de Dammert, con su barroca retórica y su agotadora manía de adjetivar todo lo existente, es un insumo óseo para cualquier investigador social.

Como nota aparte, las entrevistas a Aída García Naranjo y Susana Villarán son para tomar en cuenta. Relevantes figuras políticas hoy, en los ochenta no eran actores de suma importancia dentro de IU. Aun así, o quizá por eso, sus respuestas son más sueltas y juiciosas, y contienen elementos interesantes.

3. Epílogo: el objetivo político

Existen compañeros que han esperado años por un balance autocrítico de sus dirigentes, no solo oral sino escrito. Muchos de ellos lo encontrarán en el libro y ese es un gran mérito, acaso el principal. Creo que habrá un gran número de personas que le estarán mucho tiempo agradecidas a Alberto Adrianzén por esa publicación. Eso vale bastante.

Sin embargo, esa satisfacción psicológica no necesariamente implica una mejora política. El libro tiene un error de nacimiento: centrarse en Izquierda Unida. Más allá de si aporte mucho o poco al conocimiento del tema, han pasado 22 años y mucha agua bajo el puente. Muchos errores continúan, pero se camuflan mejor o siguen sin tocarse, como la lejana relación entre dirigencia y base. Existen problemas nuevos, cuyo origen y solución no encontraremos en la piedra roseta de la época.

Por eso, a diferencia de lo que hace unos años pensaba, creo que los balances de los ochenta a lo más podrán satisfacer objetivos académicos pero ya no más objetivos políticos. Pudo haber sido hace unos años, acaso cuando cayó Fujimori, pero el tiempo pasó. Hay nuevos temas, nuevas tensiones, nuevos problemas y nuevos retos que la izquierda tiene por delante, y para afrontarlos le es más útil ver qué pasa ahora en el mundo y en la región, cómo alcanzaron el éxito sus pares en el continente y por qué sobreviven sus adversarios en el país. Mirar hacia atrás para recuperar la herencia puede sonar adecuado, pero hace años que nos viene llevando al mismo debate estéril de siempre. A fin de cuentas, a los sabios de Bizancio también les pareció sensato debatir el sexo de los ángeles cuando los turcos estaban por tomar Constantinopla.

(* )Nota del autor: "Debe reconocerse que la tesis de Carlos Alberto Adrianzén, citada en tres de los cuatro ensayos, es uno de los pocos trabajos académicos hechos en el Perú en los últimos años que analizan la izquierda en los años ochenta. Por ello su trabajo tiene validez por peso propio, más allá de su filiación con el editor".

Fuente: Diario La República, revista "Domingo". 04 de marzo de 2012.

Recomendado:

Apogeo y crisis de la izquierda peruana (texto completo)

martes, 24 de enero de 2012

Análisis de la crisis de los partidos políticos en el Perú.

Los riesgos de vivir, y gobernar, sin partidos políticos sólidos

La falta de agrupaciones políticas eficientes que refuercen la representación ciudadana y respalden el proyecto político de quien llega al gobierno genera, cuando menos, conflictos sociales que suelen poner en jaque al Estado, pero también la irrupción de grupos que, como el Movadef, solo debilitan la democracia.

Por: Francesca García

Imagine un club de fútbol en el que los socios no se sientan representados por su dirigencia. Con una institución ineficiente y sin un equipo que respalde sus decisiones, el grupo en el poder deberá lidiar con conflictos entre sus miembros, problemas que, a su vez, serán difíciles de resolver por su poca capacidad de negociación. Con jugadores principales novatos, ajenos a una mística de equipo y propensos a marcar autogoles, el sistema y la forma de seleccionar del equipo se pondrían en duda.
Ahora llame a ese club 'Perú', y verá cómo la metáfora deportiva se refleja claramente en nuestra realidad política.

Durante varias décadas el Perú ha visto interrumpida su línea de democracia por regímenes autoritarios que aprovechan los vicios del sistema para alzarse como la solución a los problemas. La causa principal, se dice, es la ineficiencia del sistema político en general, y de los partidos en lo específico.

Dicta la doctrina que la democracia moderna es una democracia de partidos. Estos últimos, entendidos como un engranaje que facilita al grupo en el poder las condiciones necesarias para la búsqueda de consensos que le permitan gobernar. En nuestro país, contraviniendo la teoría, más de un régimen ha gobernado sin este soporte.

GOBERNAR SIN PARTIDOS

A partir del 2001, tras la caída del régimen autoritario de Alberto Fujimori, con el gobierno de transición de Valentín Paniagua y posteriormente durante la gestión de Alejandro Toledo, se inició la reestructuración de las instituciones del Estado y el fortalecimiento de los partidos políticos.

Elegido presidente luego de protagonizar la oposición contra el gobierno de Alberto Fujimori, Alejandro Toledo llegó al poder en julio del 2001 con Perú Posible, agrupación fundada en 1994. Su gestión evidenció, entre conflictos sociales y escándalos políticos, los límites de una democracia sin partidos sólidos.

Con un grupo mejor constituido, en el quinquenio siguiente Alan García gobernó con menos altibajos que su antecesor y forjó –con el apoyo de la bancada fujimorista– una mayoría en el Congreso que le permitió impulsar normas. Pese a lo anterior, no fue ajeno a las protestas sociales y su maquinaria partidaria no evitó tragedias como la de Bagua.

Por su parte, Ollanta Humala llegó a la Presidencia de la República en julio del 2010 con la coalición electoral Gana Perú, integrada por el Partido Nacionalista y varias agrupaciones de línea izquierdista.

Fundado en el 2005, el PNP era una agrupación en pañales cuando se aventuró a su primer intentó presidencial. La alianza electoral que formó junto a Unión Por el Perú (UPP) perdió las elecciones generales frente al Apra. Sin embargo, se convirtió en la segunda fuerza política en el Parlamento.

Lo que siguió encaja en las historias pasadas. El débil vínculo que agrupaba a la bancada opositora se evidenció con la separación de quienes habían sido elegidos por UPP y no faltaron los nacionalistas que resaltaron por los escándalos.

"BAJA" DEMOCRACIA

Steven Levitsky, politólogo y profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Harvard, explica que la principal consecuencia de un gobierno sin un Estado eficiente y el respaldo de un partido político sólido es la baja calidad de la democracia. Esto –añade– si bien no implica la “muerte” del sistema, sí es un factor que provoca una desvinculación entre los que gobiernan y los ciudadanos.

"Los conflictos sociales se generan porque el gobierno no tiene lazos sólidos con las bases, no tiene cuadros, operadores y aliados en los gobiernos locales”, explicó.

El analista añadió que lo anterior provoca que, al no poder asegurar la gobernabilidad a través de un engranaje propio, el grupo de poder intente conseguirlo por medios que a veces son poco transparentes y que suelen dar paso al "clientelismo" y la "corrupción".

La elección de los llamados outsiders –novatos en la política– es otro de los más fuertes pasivos. Levitsky opina que en países con agrupaciones partidarias sólidas las personas electas suelen ser políticos de carrera con una experiencia previa de gobierno, condición que "reduce los autogoles” en el manejo de un país y permite afrontar mejor las crisis.

“Si repasamos los últimos 20 años en América Latina, los presidentes que han respondido a las crisis con medidas autocráticas, cerrando Congresos con autogolpes, casi siempre son los que no tienen experiencia, como Fujimori, (Rafael) Correa, Chávez y Lucio Gutiérrez. Los políticos experimentados suelen saber responder a la crisis de una forma más democrática", sentenció.

El politólogo Rodrigo Barrenechea considera que cuando un gobierno no cuenta con partidos políticos que cumplan con la función de canalizar los "conflictos" y "contradicciones" de ciertos sectores, llegar a acuerdos en las decisiones políticas es muy complicado.

"Lo que requieres es capital organizativo, y un partido puede ser utilizado para armar redes de apoyo que le permitan sostenerse", refirió.

PARTIDOS PERSONALISTAS

El carácter personalista de nuestras agrupaciones políticas es una herencia de la crisis de partidos de fines de los años 80, opina a su turno Nelson Manrique. El sociólogo e historiador refiere que la violencia generada por los grupos terroristas y la crisis económica del primer gobierno de Alan García derivó en un desprestigio de las agrupaciones políticas que posteriormente se profundizó con Alberto Fujimori.

“Fujimori inauguró el estilo de gobierno en que se dice una cosa y se hace otra. Constituyó un poder personalista y de ahí en adelante hemos vivido en esa lógica”, sostuvo.

Otro riesgo de un gobierno con un partido desarticulado, opina Rodrigo Barrenechea, es la imposibilidad de “legitimar” su proyecto político, es decir, que no cuente con representantes en distritos, provincias y regiones que trabajen para conseguir el apoyo social necesario, dejando el riesgo de que se busquen a ello soluciones "policiales y militares”.

“Muchos de los que gobiernan regiones y municipios son operadores políticos sin partidos y se dedican a canalizar su propia carrera política o la de líderes o grupos poco orgánicos cada cuatro o cinco años. No trabajan para ningún proyecto de largo plazo”, precisó.

Por su lado, el historiador Antonio Zapata reconoce que en el Perú no existe una tradición de partidos políticos y que, por el contrario, el electorado ha inclinado la decisión de su elección por personas más que por organizaciones.

Zapata coincide con Manrique y Barrenechea en que la dirección que tome el gobierno de Humala dependerá del equipo que logre formar y con quienes diseñe y ponga en práctica las políticas de gobierno.

Lo anterior, añade Levitsky, dependerá además del crecimiento de la economía, que frente a los problemas podría brindarle al gobierno actual "cierto margen de maniobra".

¿RESPALDO NORMATIVO?

Luego de su aprobación en octubre del 2003, la Ley de Partidos Políticos ha sufrido reformas orientadas, fundamentalmente, según sus impulsores, a formalizar a las agrupaciones políticas.

Aunque hasta hoy existen críticas por los resultados que ha logrado en 8 años.

A decir de Rodrigo Barrenechea, las leyes ayudan a encaminar el funcionamiento de las organizaciones políticas pero la concepción de los partidos trasciende a ellas.

"Lo que da origen a los partidos políticos es la acumulación en el tiempo de recursos organizativos o de prestigio en organizaciones", precisó.

Levitsky coincide con ello y agrega que los partidos nacen de conflictos históricos, sociales y políticos y que sin "identidad" o "mística" no pueden ser considerados como tal.

"Suena paradójico, pero en el Perú no ha habido en los últimos 20 o 25 años un conflicto ideológico que le permita poseer partidos de verdad. El conflicto que ha habido ha sido militar con Sendero y no ha sido un conflicto político", dijo.

Se entiende entonces, también, que de pronto surjan grupos como el Movadef, que siendo antidemocráticos aprovechen bien ese peligroso vacío.

EN CIFRAS

27 son las organizaciones políticas que se encuentran inscritas, según el ROP del JNE, y 36 suman las agrupaciones canceladas o con proceso de inscripción culminado.

11 son las fuerzas políticas que se encuentran representadas en las bancadas en el Congreso.

2003 fue el año en el que se promulgó la ley de partidos políticos. Tuvo entre sus principales aportes los temas referidos a la democracia interna y al financiamiento de los partidos.

EN EL PODER

Ollanta Humala (2011-2016). Llegó al poder con la alianza electoral Gana Perú, integrada por el Partido Nacionalista y grupos de izquierda como el Partido Socialista, de los cuales ya se ha desprendido.
Alan garcía (2006-2011). En su segundo gobierno tuvo el apoyo de la dirigencia de su partido y, en el Congreso, de grupos como la bancada fujimorista.

Alejandro Toledo (2001-2006). Su partido Perú Posible logró ser la primera fuerza en el Parlamento, pero hubo congresistas que desertaron de la bancada y protagonizaron escándalos que pusieron en riesgo su gobierno.

Valentín Paniagua (2000-2001). Al caer el régimen fujimorista, fue presidente transitorio. Era de Acción Popular, pero su mandato fue constitucional por ser titular del Congreso.

Alberto Fujimori (1990-2000). Fue el outsider de las elecciones de 1990. Fundó un partido que desactivó con prontitud y desde entonces su grupo ha mutado de nombre en cada elección para evitar compromisos políticos.

Alan García (1985-1990). Ganó las elecciones con apoyo popular forjado por el Apra, pero sobre todo por su juventud, simpatía y gran oratoria, cualidades que no le ayudaron cuando provocó la hiperinflación.

Fernando Belaunde Terry (1980-1985). Líder de Acción Popular, volvió al poder once años después de haber sido derrocado por la Junta Militar, que convocó a elecciones que se realizaron el 18 de mayo de 1980.

Fuente: Diario La República (Perú). Martes, 24 de enero de 2012.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Nuevos politólogos peruanos: la generación Post-Tanaka.

Generaciones intelectuales

Los politólogos salen a la calle

Les llaman Generación Post-Tanaka, en alusión al sociólogo del IEP que es su principal referencia. Lo suyo no es escribir encerrados en sus gabinetes, sino salir a la calle, entrevistar a los políticos y conocer de primera mano lo que pasa. En la campaña sacaron un libro que diseccionaba a los candidatos presidenciales. Hace unos días sacaron otro que explica el rumbo que seguirán los partidos de cara al 2016.

Por: Óscar Miranda

Alrededor de una Coca Cola y dos Pilsen heladas, cuatro jóvenes politólogos confeccionan una lista sobre los libros de referencia de la Ciencia Política peruana. “Clases, Estado y Nación tiene que estar”, dice Rodrigo Barrenechea, y Carlos León Moya asiente: Julio Cotler es un maestro. “El de Martín (Tanaka)”, aporta León, refiriéndose a Los espejismos de la democracia. Carlos Meléndez cree que uno fundamental es el del recientemente fallecido Carlos Franco: Acerca del modo de pensar la democracia en América Latina, y Barrenechea se muestra de acuerdo: “Pero no fue muy difundido”. Los comensales del Queirolo coinciden en que el problema de Franco fue que estuvo “fuera del circuito”. Argollas, amistades, ese tipo de cosas.

“Hay muy buenos trabajos que muchas veces se quedan sin publicar”, dice Adriana Urrutia. “A veces para publicar hay que tener amigos… Y nosotros somos amigos de Meléndez”. Todos se matan de risa, sobre todo el aludido. Meléndez es un politólogo respetado académicamente pero, además, es un personaje popular en el mundillo de los blogs y las redes sociales, un francotirador que desde un sótano en la Universidad de Notre Dame (Indiana) –donde hace el doctorado– goza disparando contra los intelectuales de izquierda bajo el alias de El Jorobado.

Meléndez, Urrutia, León y Barrenechea forman parte de una nueva hornada de científicos sociales aparecidos a partir del 2008 y que están mandando al olvido el estereotipo del politólogo tradicional, encerrado en su gabinete al pie de una montaña de libros. Para escribir sobre la política peruana, estos jóvenes salen a la calle, entrevistan a los líderes y cuadros de los partidos y, en algunos casos, se involucran en sus actividades partidarias.

El libro Post candidatos. Guía analítica de supervivencia hasta las próximas elecciones (Mitin Editores, 2011), que acaban de publicar junto a otros miembros de su generación como Eduardo Dargent, Sofía Vera, Arturo Maldonado y varios otros, es un testimonio de esta nueva escuela.

La marca generacional

Su tridente de avanzada lo constituyen Meléndez, Alberto Vergara y Eduardo Dargent. Hace un año, los dos primeros fueron los editores de La iniciación de la política, un libro que nació como un homenaje por los 10 años de Los espejismos de la democracia –el clásico de su amigo y mentor Martín Tanaka– y que se convirtió en una suerte de manifiesto de ruptura generacional con la vieja guardia (Cotler, Sinesio López, Guillermo Rochabrún, Nicolás Lynch y un larguísimo etcétera). Los incidentes de la presentación se recuerdan hasta hoy: el septuagenario Cotler, comentarista, atacando el libro despiadadamente, y los treinteañeros Vergara y Meléndez respondiéndole sin achicarse y hasta con ironía, reprochándole al venerable investigador cosas como no haber leído a Mex Webber. ¡Qué insolencia!

En marzo, Meléndez publicó una nueva compilación. Esta vez no fueron ensayos académicos sino un conjunto de textos, a caballo entre el ensayo y la crónica política, al que tituló Anti-Candidatos. Guía analítica para unas elecciones sin partidos. Para el efecto convocó a politólogos reconocidos como Vergara y Yusuke Murakami, pero también a jóvenes promesas de la ciencia política, como Carlos León, Rodrigo Barrenechea y Sofía Vera, para que contaran, de una manera fresca y despojada de solemnidades, la historia de los partidos y candidatos que disputaron las últimas elecciones presidenciales.

El libro tuvo éxito y se agotó. Post Candidatos es su continuación y complemento (hasta las próximas elecciones).

Con ganas de ‘jorobar’

“Egresado de la PUCP. Ha publicado impunemente libros y artículos, y ahora sigue escribiendo este blog para joder a todos (incluso a sí mismo)”. Tal es la presentación del blog de Meléndez, El Jorobado de Notre Dame. En el circuito académico hay gente que lo odia o que sencillamente lo desprecia a causa de sus posts provocadores e irrespetuosos. Pero todos lo leen.

Meléndez (34) se ha ganado, a pulso, el odio de los intelectuales de izquierda escribiendo posts tan faltosos como los titulados “El intelectual El Bocón” (que no tiene lectores pero sí hinchas) y “El politólogo regio”, y artículos como “Muchachito del ayer”, publicado en la revista Quehacer, en el que golpeó a toda la izquierda, sin mencionar nombres pero con alusiones tan directas que varios de sus amigos lo llamaron para quejarse.

Lo curioso es que hasta hace unos años Meléndez aún podía considerarse amigo de varios de los académicos de los que se burlaba. Formado como sociólogo en la PUCP, trabajó en la Comisión de la Verdad, en ONGs dirigidas por Rolando Ames y Rafael Roncagliolo y es hasta hoy investigador asociado del Instituto de Estudios Peruanos. Por supuesto, a causa de sus textos, muchos de sus ex profesores y ex jefes, como Carlos Iván Degregori, le dejaron de hablar. Tanaka le aconsejó que parara la mano. Cerró su blog unas cuantas veces. Ahora ya no jode como antes.

“Sí, reconozco que me he excedido en ocasiones. Ya no lo hago”, dice. Desde que sacó La iniciación de la política con Vergara, evita involucrarse en pleitos gratuitos. Su audacia verbal lo ha llevado a equivocarse soberanamente más de una vez, como en la última elección, cuando pronosticó la derrota de Humala (“Humala. Lo que no fue no será”) y la realidad lo desmintió.

Por ahora, en la lejana Notre Dame da rienda suelta a cualquier ímpetu de palomilla metiendo pierna fuerte en las pichangas que juega con su equipo, Redondo. Está estudiando el clientelismo partidario en Centroamérica y los países andinos, por lo que viaja mucho por la región. Cuando visita Lima, la gente que no lo quiere matar lo recibe con entusiasmo.

León, peleador sin ley

Si Meléndez se ha tranquilizado, Carlos León (26) ha tomado la posta de la incorreción política. También sociólogo de la PUCP, a él no lo quisieron expulsar de ninguna institución, pero sí del Partido Socialista, del que era militante. Fue a raíz de uno de sus últimos posts en su blog, titulado “El fin del ala izquierda: un fracaso más sí importa”, en el cual analiza la caída del gabinete Lerner y critica a los partidos de izquierda por hipotecar reiteradamente su futuro “al caudillo de turno”.

En julio ya había recibido un jalón de orejas por la crónica que publicó en la revista Dedo Medio sobre la campaña de Gana Perú. León contó episodios hasta entonces desconocidos, como la forma en que el español Manuel Monereo fue desplazado por Luis Favre de su papel como asesor de imagen de Ollanta Humala. Entonces una alta dirigente de su partido le dijo: “Nos has hecho quedar horrible. Hemos tenido que pedir disculpas en tu nombre”. Sus amigos de Palacio sencillamente le quitaron el habla.

“A diferencia de los tíos, ninguno de nosotros tiene militancia”, dice Carlos Meléndez. “El único es León, que es la excepción que confirma la regla”.

El sábado 17, esa militancia acabó. León renunció al Partido Socialista porque “ya no tenía nada más que aprender” y “me limitaba para hacer otras cosas”. El tema de su tesis seguirá siendo la experiencia de Gana Perú en una perspectiva comparada con otras alianzas de izquierda en Latinoamérica.

Precisamente en Anti-Candidatos narró entretelones de la formación de las alianzas que llevaron a Susana Villarán a la alcaldía de Lima y a Humala a la presidencia. En Post candidatos relata cómo se vivió la campaña de Gana Perú por adentro. Por ahora, sus planes inmediatos son escribir más crónicas políticas y artículos que toquen carne. A él todavía no le preocupa seguir jodiendo.

Politóloga en campaña

“Aquí no hay tesis, mamita. Aquí se viene a apoyar en la campaña”. Esto fue lo que le respondieron a Adriana Urrutia (23) la noche de enero de este año en que trató de explicarle a un fujimorista, en el local de Paseo Colón, que estaba haciendo una investigación académica sobre su partido. La joven politóloga, magíster en Política Comparada por el Instituto de Estudios Políticos de París, decidió seguir el consejo y durante las siguientes semanas participó como una activista más en la campaña de Fuerza 2011.

Su objetivo: entender cómo es que, con un líder en prisión y con la imagen de un gobierno corrupto, el fujimorismo tiene tanta fuerza entre la gente. Entrevistó a una decena de dirigentes, visitó comités en zonas populosas y hasta una mañana terminó repartiendo volantes a favor de Julio Gago. Era parte de su método de investigación: la etnografía política te conduce a vivir las experiencias de las personas que investigas. El artículo que publicó en Post candidatos expone sus principales descubrimientos.

Rodrigo Barrenechea (26) no se involucró como Adriana, pero también se obsesionó con un partido, en su caso Alianza Para el Progreso (APP). “Mi interés surgió cuando Julio Cotler (uno de sus jefes en el IEP) me envió a La Libertad a investigar los efectos de la descentralización”, cuenta. Hace un año, Carlos Meléndez le propuso que escribiera para Anti-Candidatos un ensayo sobre la candidatura de Pedro Pablo Kuczynski. Barrenechea lo hizo basándose en información publicada por los medios.

Esta vez, para Post Candidatos, hizo trabajo de campo, entrevistó a dirigentes de Alianza Para el Gran Cambio y logró reconstruir los momentos claves de la campaña de PPK. Cuando le pregunto, como lo he hecho con todos los demás, qué lo llevó a interesarse en la mediocridad de nuestros políticos, sonríe. “Tengo amigos que me preguntan lo mismo. Yo no sé por qué, pero a mí me encanta”.

Fuente: Diario La República, revista "Domingo" (Perú). 25/12/11

Recomendado: Un libro de balance para comprender el futuro

sábado, 27 de agosto de 2011

¿Qué es el Estado y qué es el gobierno?. Los conceptos de Estado y Gobierno.

Estado y gobierno

Por: Sinesio López Jiménez (Sociólogo)

Cada vez que se produce un cambio democrático de gobierno aparecen en el escenario dos errores más o menos conocidos. Por un lado, los que triunfan en las elecciones generales creen que han obtenido el Estado como parte del botín. Esto ha sucedido especialmente con los partidos más organizados como el Apra que, en sus dos gobiernos anteriores, llenó el barco estatal de compañeros: una expresión clara de nuestra acendrada tradición patrimonialista. Por otro, los que pierden las elecciones niegan a los triunfadores el derecho a gobernar y a ocupar los puestos de mando del Estado. Eso hace parte de nuestra escasa tradición democrática de la alternancia en el poder.

El partido que triunfa en las elecciones obtiene, no el Estado, sino el gobierno. ¿Cuál es la diferencia? ¿Qué es el Estado y qué es el gobierno? El Estado es una macroestructura (integrada por el sistema legal, la burocracia, el monopolio de la violencia, la distribución del poder en el territorio y un sistema de referencia política para la nación) organizada para ejercer el dominio político y construir el orden legítimo. Cuando la ley domina y limita a todos los elementos que integran el Estado, este se llama Estado de Derecho. Este no es totalmente el caso peruano. Tenemos normativamente pero no efectivamente un Estado de Derecho en la medida que la ley no llega realmente a todo el territorio ni a todos los peruanos por igual. Tampoco la seguridad, la educación, la salud y la nutrición llegan a todos los peruanos por igual. El Estado en el Perú es más chico que la sociedad y que el territorio peruano en el que ejerce su jurisdicción.

El gobierno es, en cambio, una parte del Estado constituida por el conjunto de puestos de mando que lo pone en marcha. Esos puestos de mando son ocupados legítimamente por el elenco gubernamental del partido ganador. En las últimas elecciones, el triunfador fue Ollanta Humala respaldado por una corriente nacionalista, una corriente de izquierda y otra democrático-liberal. Es legítimo, por consiguiente, que los representantes de estas corrientes gobiernen y es legítimo también que el presidente Humala invite a representantes de otras corrientes (que no triunfaron) a participar en un gobierno de concertación. Lo que no es justo es que los que perdieron las elecciones cuestionen la legitimidad de los triunfadores y sus representantes para gobernar.

Se cuestiona, por ejemplo, que el Presidente coloque a militares retirados en algunos puestos de gobierno. Cuando los nombra el presidente Humala está mal, pero cuando los nombraba García estaba muy bien. Si los militares retirados son fujimoristas la derecha les da la bienvenida, pero cuando no lo son se irrita y grita contra el militarismo que supuestamente nos amenaza. Algunos críticos, autoerigidos en sumos pontífices de la gobernabilidad, se han atrevido incluso a descalificar a destacados oficiales retirados antes de haber ejercido sus funciones. Lo mismo sucede con la izquierda y sus cuadros. A la derecha le duele que los intelectuales y tecnopolíticos de izquierda, que apoyaron la candidatura de Ollanta Humala, que se han formado en las mejores universidades del Perú y del extranjero y que tienen experiencia de gestión, participen en el gobierno.

La ultraderecha transforma la discrepancia en discriminación y, si pudiera, la transformaría en muerte. Entonces sería feliz. El Perú sería un paraíso sin izquierdistas. Señores de la derecha y la ultraderecha: salvo en dos o tres ocasiones, Uds. han gobernado durante dos siglos y lo han hecho muy mal. Si quieren volver a gobernar esperen cinco años, compitan y ganen las elecciones. No chantajeen ni esperen que les regalen el gobierno, habiendo perdido.

P.S.: Acabo de ver la genial caricatura de Carlín (LR, 12 de agosto) en la que connotados personajes de la derecha quieren atarantar al presidente Humala gritándole: ¡Dobla a la derecha! ¡No mires al retrovisor! ¿Por qué no hablas? ¡Más despacio! ¡No toques los cambios! ¡No me das confianza! ¡Eres oscuro! Caricaturistas como Carlín son los mejores analistas de la coyuntura política.

Fuente: Diario La República (Perú). Sáb, 13/08/2011.

martes, 23 de agosto de 2011

Políticas de discriminación positiva a favor de las minorías en EE.UU. Reacción de los grupos ultraconservadores (Tea Party).

Aún hacen falta cuotas raciales

Las políticas de EE UU a favor de hispanos y negros despiertan el victimismo en una minoría blanca - Las tasas de pobreza revelan la desigualdad.
Por: David Alandete 

El racismo se disfraza, hoy en día, de victimismo. Según diversos estudios recientes en Estados Unidos, después de medio siglo de políticas gubernamentales para acabar con la segregación institucional, una minoría blanca se siente discriminada y exige que se dé por acabada la protección del Estado a grupos raciales y étnicos minoritarios, principalmente afroamericanos. Defienden esos nuevos agraviados blancos que las diversas razas ya están en igualdad de condiciones y que, en tiempos de crisis económica, las empresas deberían tratar a todos los ciudadanos con imparcialidad y los Gobiernos deberían abstenerse de malgastar fondos en políticas de igualdad. Las estadísticas socioeconómicas, sin embargo, les contradicen. Las divisiones raciales siguen tan abiertas como siempre. Recientes investigaciones aseguran que el racismo no es un juego de estrategia, como quieren ver algunos, en el que unos ganan a costa de otros: es un mal institucionalizado que aun no se ha erradicado de la sociedad.

Un reciente estudio de dos investigadores de dos reputadas universidades constata un incremento de la victimización blanca en EE UU. Esos expertos, Michael Norton, de Harvard, y Samuel Sommers, de Tufts, han encuestado a ciudadanos norteamericanos regularmente desde los años cincuenta y han llegado a la conclusión de que hoy en día una minoría blanca está convencida de que es víctima "de un emergente sentimiento de prejuicio antiblanco". Atestiguan los profesores la existencia de "una tendencia general que está ganando terreno entre los blancos de Norteamérica hoy en día: la idea de que los blancos han sustituido a los negros como víctimas principales de la discriminación". Esa idea ha ganado muchos adeptos entre las filas del Tea Party, el movimiento ultraconservador albergado en el ala derecha del Partido Republicano de EE UU.

Hace ahora un año, ese grupo radical aprovechó el icónico aniversario de uno de los discursos más célebres del activista Martin Luther King [el celebrado I have a dream] para reunirse en el mismo lugar en que este lo pronunció: el monumento a Lincoln, en Washington. Miles de personas respondieron a la convocatoria de Glenn Beck, un comentarista muy polémico y apreciado en esos círculos. Él mismo había dicho, en 2009, en su programa de televisión, algo que refleja ese nuevo sentimiento de racismo inverso, en referencia a Barack Obama, primer presidente afroamericano del país: "Este presidente, creo yo, se ha desenmascarado repetidamente como un tipo que tiene un odio muy asentado en contra de los blancos y de la cultura blanca".

Norton y Sommers aseguran en su estudio, titulado Los blancos ven el racismo como un juego de suma cero que ahora pierden, que hay más blancos que negros que creen que ahora hay plena igualdad entre razas. Entre esos blancos, un grupo reducido asegura que esa igualdad se ha conseguido a su costa, de ahí el concepto de suma cero, que en teoría del juego se utiliza para describir una situación en la que las ganancias de una parte (la igualdad de los negros) se consiguen a costa de las pérdidas de otra (desventajas para los blancos). "A efectos prácticos", aseguran los profesores, "las políticas de discriminación positiva diseñadas para incrementar la representación de las minorías, han hecho que la atención de los blancos se centre en las cuotas que afectan a su acceso a la educación o a puestos de trabajo, algo que afecta negativamente a sus recursos".

Desde los años cincuenta, y según las estadísticas de esos investigadores, ha descendido de forma radical la noción de que hay discriminación contra los negros. Hoy en día, un 11% de los blancos encuestados opina que hay un predominante racismo antiblanco en la sociedad actual. Solo un 2% de esos mismos caucásicos asegura que pervive aún un sentimiento institucional de racismo contra los negros. Esa tendencia se ve en diversos ámbitos de la sociedad y sería un error tacharla de residual o marginal. En el ámbito académico, han surgido en las pasadas dos décadas nuevas disciplinas aunadas en un campo bautizado como Estudios sobre raza blanca, impartidas en instituciones universitarias diversas. Es una imitación de los llamados Estudios afroamericanos, surgidos en los años de lucha por los derechos civiles, el siglo pasado.

Uno de los síntomas del sentimiento de animosidad entre ciertos ciudadanos blancos llegó en 2003 a la máxima instancia judicial del país, el Tribunal Supremo. Se trata del caso Grutter v. Bollinger, en el que la estudiante Barbara Grutter, blanca, de 43 años, demandó a la Universidad de Michigan por denegarle una plaza en su facultad de derecho. Alegó que, por lo general, en la mencionada universidad se evaluaban las solicitudes en una escala de 150 puntos. A personas de raza negra o etnia hispana se les daba una ventaja automática de 20. La escuela de derecho no se atenía a ese mismo sistema de puntuación pero, según Grutter, operaba de una forma similar. La solicitante afirmó que, a pesar de sus impecables notas, se la había rechazado por las cuotas raciales. Añadió que, atendiendo a cifras de 1999, la universidad había aceptado a un 81% de negros y solo un 3% de blancos con credenciales idénticas.

A respaldarla acudieron entonces diversos abogados de la administración de George W. Bush, que alegaron que la Universidad de Michigan no actuaba de forma neutral en cuanto a la raza de sus alumnos y que las cuotas en esa y otras universidades podían resultar inconstitucionales. El Supremo se decantó, en una votación ajustada, por mantener la diversidad en las instituciones educativas con el uso de políticas determinadas. El tribunal autorizó a los rectorados para que siguieran considerando el color de piel a la hora de conceder plazas en sus programas educativos.


"La participación efectiva de todos los miembros de todos los grupos raciales y étnicos en la vida civil de nuestra nación es esencial en el sueño de alcanzar una nación indivisible", dijo, en la opinión de la mayoría, la juez Sandra Day O'Connor. En esa sentencia, recordaba la juez que habían pasado 25 años desde que el Supremo autorizara por primera vez el uso de cuotas. "Desde entonces, el número de solicitantes que pertenecen a minorías y que vienen con notas medias más altas ha aumentado", añadió. "Esperamos que, dentro de 25 años, el uso de preferencias raciales ya no sea necesario para avanzar este tipo de intereses". Han pasado ocho de esos 25 años. La esclavitud acabó en Norteamérica en 1865. La segregación fue declarada inconstitucional por el Supremo en 1954. Pero las cifras de desigualdad entre caucásicos y afroamericanos en EE UU han mantenido un notorio abismo que existe desde hace décadas.

Según datos de la oficina oficial del censo norteamericano, correspondientes a 2010, hay toda una colección de indicadores en que las personas de raza negra presentan una notable situación de agravio comparativo en términos socioeconómicos.

Los datos hablan por sí mismos: si hay un 7,9% de blancos que no acaba la educación secundaria, la proporción se duplica, hasta un 15,8%, entre los negros. Entre los afroamericanos, el paro es del 16,7%, una cifra que se desploma de nuevo a la mitad, un 8,7%, entre los blancos. Un 25,8% de los negros vive bajo en el nivel de la pobreza, frente al 9,4% de blancos. En términos de riqueza se aprecia que un 4% de los afroamericanos gana más de 100.000 dólares al año, porcentaje que se triplica entre los blancos, hasta el 12%. Entre las personas de raza negra, el 21% carece de seguro médico. En el caso de los blancos, el porcentaje, de nuevo, decrece a casi la mitad (12%).
Otro de los grandes indicadores de desigualdad socioeconómica es el de la demografía carcelaria: cuántos afroamericanos hay en las prisiones norteamericanas. En 2009 había en EE UU una población general de presos de 1,6 millones. Según un informe del Departamento de Justicia federal, "los varones negros no hispanos, que acumulan un porcentaje de encarcelamientos de 4.749 presos por cada 100.000 residentes norteamericanos, pasan por prisión a un ritmo que es más de seis veces mayor que el de varones blancos no hispanos (que es de 708 presos por cada 100.000 residentes norteamericanos) y que es 2,6 veces mayor que el de los varones hispanos (que es de 1.822 presos por cada 100.000 residentes)". En 2003 ya avanzaba un estudio del Gobierno federal que un 30% de los hombres negros nacidos tras 2001 pasará a lo largo de su vida por una prisión.

Son indicadores claros de una desigualdad socioeconómica estructural. "Existe esa idea de que los blancos son un grupo racialmente oprimido", explica Charles Gallagher, que dirige el departamento de Sociología de la Universidad de La Salle, en Filadelfia. "Aseguran esos grupos blancos que América ya está en una fase en la que la raza es indiferente, y que mantener políticas de protección a las minorías es discriminatorio. Pero dejan fuera de ese argumento todas esas desigualdades institucionales. No hay discriminación institucional o apoyada por el Gobierno, pero sigue habiendo barreras socioeconómicas a las que los afroamericanos se enfrentan desde una edad muy temprana. Se debe estar ciego para no ver las desigualdades que aún existen entre blancos y negros en este país, que afectan negativamente a estos últimos".

Hay una tendencia, en ciertos círculos académicos, a defender que las razones del atraso afroamericano obedecen a indicadores culturales. Es decir, hay quienes defienden que existe una cultura que, carente de ambiciones, fomenta la pobreza y la dependencia del Estado. No es algo nuevo: el senador demócrata Daniel Patrick Moynihan ya publicó, en 1965, un estudio en el que detallaba las razones y las consecuencias de esa cultura de la pobreza negra. Sin rubor, el senador escribió: "La comunidad negra se ha visto empujada hacia una estructura matriarcal que, dado que no está en consonancia con el resto de la sociedad americana, impone un serio retraso en el progreso de ese grupo en general, e impone un aplastante peso sobre el varón negro". Es decir, padres ausentes, que no trabajan, y madres que deben cuidar de sus hijos a solas, dependientes de la seguridad social.

El diario The New York Times decía recientemente que esa teoría cultural, que está viviendo cierto resurgimiento, es como el pérfido Lord Voldemort en la saga de Harry Potter: "Su nombre no puede ser pronunciado en círculos académicos". Según el sociólogo Charles Gallagher, "de entre todos los argumentos que en el pasado han sustentado las teorías racistas, ahora se ha elegido el de la cultura. Algunos grupos, blancos en su gran mayoría, dicen que las razones de la desigualdad son culturales. Es decir: apuntan hacia comportamientos gregarios de grupo para justificar las elevadas cifras de encarcelamientos o de pobreza entre los afroamericanos. Afirman que esas realidades obedecen a una cultura, la afroamericana, que fomenta el abandono o el absentismo laboral".

El profesor, como otros intelectuales y políticos progresistas de EE UU, disiente. "Lo que se les debería preguntar a aquellos que defienden esa tesis cultural, que esconde un racismo ya clásico, es si los 40 millones de personas que viven bajo el nivel de la pobreza en EE UU son todos vagos", explica. "Lo cierto es que hay toda una serie de indicadores que demuestran que los niños afroamericanos siguen teniendo muchas barreras sociales y educativas, que aún son estructurales, para llegar tan lejos como los blancos. Las respuestas no pueden ser solo culturales o de estilo de vida".

¿Es usted racista sin darse cuenta?
Discriminar con motivo de raza no es algo que siempre se haga de forma reflexiva y consciente. En la mayoría de ocasiones la preferencia de la raza blanca sobre la negra se hace de forma automática e irreflexiva. La Universidad de Harvard lanzó, en 1998, un proyecto online de análisis de las preferencias instantáneas de la ciudadanía, abierto a cualquier internauta, bautizado como Project Implicit. Después de 13 años y 4,5 millones de pruebas efectuadas en países de todo el mundo, una de las conclusiones principales confirma que existe en la sociedad norteamericana una discriminación institucionalizada: entre el 75% y el 80% de las personas caucásicas y asiáticas muestran una preferencia implícita automática de la raza blanca sobre la negra. En el proyecto participan también las universidades de Washington y Virginia.

El test es muy sencillo, y funciona con la asociación de fotos de personas blancas y negras con vocablos y conceptos como bueno o malo, paz y guerra, éxito o fracaso. Aun en personas que creen y defienden que no prefieren una raza sobre la otra, los resultados entre los caucásicos son en su mayoría de preferencia débil, moderada o fuerte hacia su propia raza. Los investigadores aseguran que entre las personas de raza negra las respuestas son más variadas: algunas registran una mayor tendencia a ver positivamente a las personas de su raza y otras prefieren la raza blanca sobre la suya propia.

Fuente: Diario El País (España). Martes, 23/8/2011.

Recomendado:

Libro: "La discriminación positiva en el mundo", Thomas Sowell.

domingo, 7 de agosto de 2011

Relación de la densidad del Estado con el índice de desarrollo humano en las poblaciones.

Estado y desarrollo

Por: Sinesio López (Sociólogo)

Si se relaciona la densidad del Estado con el índice de desarrollo humano en el Perú, el resultado es el siguiente: a más Estado, más desarrollo humano; y a menos Estado, menos desarrollo. Para decirlo con más precisión: aquellas regiones, provincias y distritos que tienen más y mejor Estado tienen también un mayor nivel de desarrollo humano. El año pasado, el PNUD publicó los resultados de una investigación revolucionaria (que comenté oportunamente en esta columna semanal) sobre lo que ese organismo internacional denomina densidad del Estado.

Con este concepto y su respectiva operacionalización, el PNUD medía la presencia del Estado y de sus políticas sociales en las diversas regiones y provincias del país. Se utilizaron diversos indicadores: educación, salud, saneamiento (agua y desagüe) y electricidad; pero se dejaron de lado otras políticas igualmente importantes (seguridad y justicia) probablemente porque son difíciles de cuantificar. Mi hipótesis es que, si hubieran tomado indicadores de justicia (legalidad efectiva) y de seguridad para los ciudadanos, el mapa de la densidad estatal habría presentado contornos más acentuados y precisos.

Desde hace más de una década, el PNUD publica anualmente el índice de desarrollo humano que mide el nivel de bienestar de la población utilizando diversos indicadores de educación, salud (esperanza de vida) y economía (PBI per cápita). Debido a que se repiten los indicadores de educación en ambas mediciones, es mejor relacionar la densidad del Estado con los ingresos familiares per cápita y el resultado es más intenso: a más Estado, más ingresos familiares per cápita, esto es, más desarrollo; y a menos Estado, menos desarrollo. Sociológicamente se puede sostener fundadamente lo siguiente: el nivel de densidad del Estado acompaña la estratificación social, esto es, las clases sociales acomodadas tienen más Estado (salud, educación, justicia y seguridad) que los pobres.

¿Indica la relación entre la densidad del Estado y el nivel de desarrollo (ingresos familiares per cápita) algún tipo de causalidad? Mi hipótesis es que existe entre ambos fenómenos una relación causal que no es lineal sino circular. Es probable, sin embargo, que el primer impulso haya sido lineal y haya provenido del Estado. En efecto, sin seguridad jurídica y sin promoción estatal (políticas económicas monetarias y fiscales, estabilidad macroeconómica, inversión en infraestructura, calificación de la mano de obra) a la acumulación privada (capitalista) no hay crecimiento económico. Esta es la parte del Estado que les encanta a los grandes grupos empresariales y a la derecha. Es su paraíso estatal.

Hay otras partes del Estado que no les gustan para nada (los impuestos para sostener el Estado) y hay otras que francamente rechazan (el reconocimiento de los derechos sociales universales y las políticas de igualdad de oportunidades: educación, salud, justicia y seguridad de calidad para todos). Quieren un Estado sólo para ellos. Ese que actualmente existe, según el mapa de densidad estatal del PNUD. Que los pobres se mueran sin mercado y sin Estado. Y si el Estado pretende asumir un rol promotor del desarrollo de algunos sectores deprimidos de la economía lanzan alaridos como posesos en defensa de la sagrada Constitución de 1993 (promovida por los organismos financieros empresariales, por asaltantes del fisco y por golpistas que querían perpetuarse en el poder).

Tengo la impresión de que la grita proviene más de la derecha política (ignara y primitiva) que de los grandes grupos empresariales, que son pragmáticos. A ellos el actual gobierno les ha garantizado no solo reglas de juego claras y precisas (el Estado que les gusta) para que inviertan y acumulen, sino que también les ha aceptado representantes en el gabinete y en los aparatos económicos. La relación entre el Estado y el mercado (y el desarrollo) depende de la correlación política de fuerzas en el país. Si estas han cambiado, es normal que esa relación cambie de igual modo. Así de simple.

Fuente: Diario La República. Sáb, 06/08/2011.