miércoles, 29 de agosto de 2012

Teoría sobre las condiciones sociales y políticas para una revolución.



La Revolución no está en la otra esquina

Por: Steve Levitsky (Politólogo)

En los años 70 y 80, la izquierda peruana sobrestimó –con trágicas consecuencias– la posibilidad de un triunfo revolucionario. Treinta años después, la revolución se ha convertido en una obsesión de la derecha.   Algunos periodistas limeños hablan sin cesar de una amenaza comunista. Hace poco, en un debate público en San Marcos, Víctor Andrés Ponce dijo algo que me dejó estupefacto: que las condiciones en el Perú se parecen a las de Rusia en 1917, y que “la revolución está en la esquina”.  Ponce no está solo.

El temor de una revolución es bastante extendido en los sectores conservadores de Lima.

Dada la trágica experiencia con Sendero, el movimiento revolucionario más radical y sanguinario de la historia latinoamericana, este alarmismo no es difícil de comprender.  ¿Pero realmente existen condiciones revolucionarias en el Perú? ¿Podría una minoría radical tomar el poder y establecer una dictadura comunista?

La evidencia dice que no. Las revoluciones son eventos raros. Solo ocurren bajo condiciones especiales.  En el último siglo, las revoluciones han surgido bajo tres escenarios. El primero es una masiva insurrección campesina que ocurre simultáneamente con un colapso del Estado, causado por una derrota militar.  Esa fue la historia en Rusia y China.  Según mi colega de Harvard, Theda Skocpol (cuyo libro Estados y revoluciones sociales es conocido como el mejor análisis de las causas de las revoluciones), estas condiciones son difíciles de reproducir en el mundo actual porque pocos Estados son destruidos por la guerra y las sociedades son más urbanizadas (en América Latina, por ejemplo, una insurrección campesina no sería suficiente debido al poder de las ciudades).

El segundo escenario es una revolución anticolonial (como en Mozambique o Vietnam), donde la salida del poder colonial produce un colapso del Estado. Este escenario tampoco se puede reproducir en el mundo actual.

El tercer escenario es el colapso de lo que Juan Linz llama un “régimen sultanístico”, o una dictadura ultrapersonalista, en la cual la familia del dictador controla todas las instituciones importantes del Estado.
Ejemplos son Nicaragua bajo Somoza, la República Dominicana bajo Trujillo, Cuba bajo Batista, Haití bajo Duvalier e Irán bajo el Shah. (La fiesta del Chivo, por Vargas Llosa, describe muy bien el régimen sultanístico dominicano). Los regímenes sultanísticos son vulnerables a la revolución porque, cuando el dictador cae, las instituciones del Estado –que dependen totalmente del dictador– tienden a colapsar, creando un enorme vacío de poder. Pero, aun en estos casos, una revolución solo ocurre donde una fuerza revolucionaria construye una amplia coalición opositora que incluye los sectores urbanos y una parte de la clase media. Los revolucionarios en Cuba, Irán y Nicaragua fueron apoyados por grupos religiosos, pequeños comerciantes urbanos y hasta empresarios.

Estas condiciones no existen en el Perú. Primero, el régimen no es sultanístico sino democrático. Ninguna revolución en la historia ha ocurrido bajo democracia. Segundo, los grupos radicales carecen de aliados urbanos. Sin una pata firme en Lima, ningún movimiento revolucionario puede prosperar. Tercero, el Estado peruano es débil pero no está al punto de colapsar. Sin colapso del Estado, no hay revolución.  La evidencia empírica sugiere, entonces, que no existen condiciones revolucionarias en el Perú.   

Pero ¿podría ocurrir algo como en Bolivia, donde el gobierno fue tumbado por movilizaciones sociales, permitiendo la elección de Evo Morales? No creo. Había tres condiciones en Bolivia que no existen hoy en el Perú. Primero, había una gran infraestructura de organizaciones sociales (campesinas, cocaleras, sindicales, indígenas y vecinales), con un alcance territorial y una capacidad de movilización muy superior a las peruanas, que son organizaciones locales (rondas campesinas, frentes de defensa) o pequeñas y marginales (Patria Roja). Segundo, la movilización boliviana tuvo una fuerte presencia urbana, sobre todo en El Alto. En Lima, la protesta radical es casi inexistente. Tercero, en Bolivia el mensaje antisistema de Morales recibió apoyo mayoritario; en el Perú, el voto radical no supera un tercio del electorado (y casi no existe en Lima).  

Un análisis comparado sugiere, entonces, que las condiciones bajo las cuales triunfaron movimientos revolucionarios en otros países no existen hoy en el Perú. La derecha mediática está equivocada: la revolución no está en la esquina. (Vale la pena recordar que los que hoy hablan de la amenaza comunista nos decían hace poco que Humala iba a ser otro Velasco).

El miedo exagerado del radicalismo o el desorden son peligrosos para la democracia porque pueden justificar medidas autoritarias. En el debate de San Marcos un estudiante me preguntó –refiriéndose al Perú– si prefiero la oclocracia (gobierno de muchedumbre) o el autoritarismo. ¿Oclocracia? En Argentina en 2001-2002 hubo una ola de saqueos urbanos, meses de piquetes bloqueando carreteras en todo el país y marchas masivas que tumbaron dos presidentes; en México, después de las elecciones del 2006, cientos de miles de personas tomaron el centro del Distrito Federal por dos meses, bloqueando el tráfico y ocupando edificios importantes; el año pasado, Chile fue sacudido por una masiva y prolongada protesta estudiantil, con marchas de 200.000 personas, paros y la toma de cientos de colegios y universidades. Pero en estos países nadie habló de la necesidad de escoger entre oclocracia y autoritarismo. ¡En Lima se pinta un monumento durante una manifestación que no llegó a 20.000 personas y ya estamos ante el dilema oclocracia y autoritarismo!

La combinación de democracia y minería siempre aumenta la protesta, no solo en el Perú sino en todo el mundo (el politólogo peruano Moisés Arce está por publicar un libro sobre el tema). Y en una democracia con Estado débil y mucha desigualdad, va a haber aún más conflicto social. Interpretar esa realidad como una inminente oclocracia nos lleva por un camino autoritario. Mariella Balbi escribió hace poco que Cajamarca nos enseñó que el estado de emergencia ayuda a controlar la protesta. ¡Claro! Pinochet también ayudó a controlar la protesta.   

La democracia no es fácil de consolidar. Para echar raíces, las instituciones democráticas necesitan décadas. Y tienen que pasar por algunas tormentas fuertes. Si se opta por el orden autoritario cada vez que surge el conflicto social, la democracia no se va a consolidar nunca.

Fuente: Diario La República (Perú). 19 de agosto del 2012.

sábado, 25 de agosto de 2012

Significado de la Democracia y la Democracia Contemporánea.



¿Es posible la democracia?

Por: Jorge Secada

Si la democracia es el gobierno del pueblo, pareciera que se trata de un sistema político inexistente. Según el Diccionario, democracia es favorecer la intervención del pueblo en el gobierno. Esto es tan vago que permite llamar democrático a prácticamente cualquier Estado. Una segunda acepción llama democracia al "predominio del pueblo en el gobierno". Sea lo que fuere, si la democracia requiere que, en alguna medida, el pueblo sea el que efectivamente gobierne, la democracia es imposible en países con millones de habitantes.

La respuesta usual frente a esta constatación apela a la noción de representación. En un sistema democrático, se dice, quienes gobiernan son representantes del pueblo. ¿Pero qué sentido real puede tener esta representación? Las elecciones no aseguran que sea la voluntad de los electores la que gobierne a través de sus representantes. No elegimos gobernantes como quien elige a su abogado; es más bien como si nos dieran a elegir uno entre cinco abogados, quien, una vez electo, hará lo que le parezca sin consultarnos. Podría responderse que la representación política consiste en salvaguardar los intereses del pueblo. La cuestión de cómo y quién determina esos intereses pone en evidencia que si la democracia implica la verdadera participación del pueblo en el gobierno, la noción de representación no ayuda a mostrar que algún Estado contemporáneo es democrático.

Las democracias contemporáneas, además, permiten la existencia de enormes diferencias en el poder económico de sus ciudadanos. En sociedades de escala masiva, estas diferencias se traducen con facilidad en diferencias de poder político, influyendo no solamente sobre su ejercicio sino sobre la posibilidad misma de acceso electoral al gobierno.

La teoría democrática alberga dos reacciones opuestas frente a estas críticas. Ambas aceptan lo esencial del problema. La más radical concluye que, en efecto, la democracia solamente es posible en sociedades demográficamente homogéneas y relativamente pequeñas. La más moderada busca maneras de rescatar la democracia en sociedades de masas mitigando las dificultades. Se proponen, por ejemplo, leyes para controlar el financiamiento de los candidatos en los procesos electorales o medidas que permitan el acceso popular al ejercicio del poder. Me inclino por pensar que, desde un punto de vista puramente teórico, la razón está con los primeros.

Nada de esto, por supuesto, argumenta en favor de sistemas alternativos de gobierno. Si las democracias existentes están lejos de ser democráticas, mucho más lo están las dictaduras y autocracias presentes y pasadas. En el mundo democrático actual hay por lo menos algo de libertad política efectiva. La irrestricta libertad de expresión puede servir para atenuar las desigualdades de poder económico y político, particularmente ahora que existe la red virtual. De ahí la importancia que tiene proteger a Julian Assange del alcance del gobierno de los EEUU. Repetidamente Wikileaks ha revelado información que los gobiernos afectados hubiesen preferido que no se haga pública, y ha servido para darle acceso al ejercicio del poder a quienes supuestamente lo poseen en una democracia, al menos en calidad de mirones. Ocasionalmente, sus revelaciones han sacado a la luz conductas reprobables. Nada de lo revelado ha puesto en peligro la seguridad ciudadana. Lo que sí se ha violado es el inexistente derecho de gobiernos democráticos a esconderse del escrutinio público independiente.

La cultura de las democracias capitalistas contemporáneas es la cultura liberal de consumo, cultura que crecientemente se expande por el resto del mundo. El desarrollo que promueve consiste en alcanzar ciertos niveles de productividad económica y de acumulación de capital y en construir una sociedad estable de consumidores. Aunque predique la libertad como valor supremo, no la concibe como un ejercicio de verdadera autonomía ni busca educar ciudadanos críticos frente a las estructuras de la sociedad que los rodea.

¿Cuántas niñas de 12 o 14 años quieren maquillarse? En ciertos países y grupos sociales, una mayoría. ¿De dónde les sale este deseo? Ciertamente no es innato ni natural. Es el resultado, más bien, de la publicidad y de otros mecanismos de socialización. Hace algunos años la organización contracultural Adbusters (http://www.adbusters.org) diseñó una efectiva campaña publicitaria contra el uso de cosméticos por parte de niñas y adolescentes, apoyándose tanto en valores estéticos como en los efectos nocivos de estos productos y en los procedimientos –particularmente crueles con algunos animales- que se usan para fabricarlos. Ninguna de las revistas contactadas, las principales que se dirigen hacia este sector de la población en los EEUU, aceptó publicarla. Algunas ignoraron el pedido como si se tratase de una broma de mal gusto; unas cuantas explicaron que de hacerlo pondrían en peligro la publicidad de la cual viven. Los padres saben lo difícil que es proteger a chicos aún en edad formativa de las influencias manipuladoras de corporaciones cuya única finalidad es lograr que el niño consuma a través de sus familiares. No es difícil imaginar cómo extender este argumento al resto de nuestra cultura.

El Perú hoy debe conjugar crecimiento económico con equidad y pluralidad cultural. Queremos un Estado que sea democrático en la medida de lo posible y no solo de nombre. Tenemos la suerte de estar en las márgenes de occidente y de poseer un vasto caudal de culturas que no han sido viciadas aún por la modernidad individualista liberal. Tenemos los recursos para construir un país auténtico con ciudadanos genuinamente libres. Hacerlo está en nuestras manos. 

Fuente: Diario 16 (Perú). 25/08/2012

domingo, 15 de julio de 2012

Entrevista al politólogo norteamericano Steven Levitsky: “La política peruana es muy difícil de entender, mucho más que la de Argentina”.


Foto: Gianmarco Farfán Cerdan
"Humala es un novato"
Sus opiniones tienen la cualidad de provocar polémica y adhesión al mismo tiempo. Profesor titular de la Universidad de Harvard y docente visitante de la Pontificia Universidad Católica del Perú, este politólogo estadounidense es uno de los observadores más lúcidos de la política peruana. Unido a este país por cuestiones académicas y familiares, Levitsky busca promover una práctica política más tolerante y democrática. Aquí analiza el primer año de gobierno de Ollanta Humala, reflexiona sobre la falibilidad de los politólogos y revela más de un secreto personal.
Por: GHIOVANI HINOJOSA
“Se puede tener dudas de Humala, pero de Keiko tenemos pruebas”. La frase zamaqueó la cabeza de miles de peruanos acostumbrados a hablar a media voz. Eran las elecciones presidenciales del 2011 y un intelectual gringo nos enseñaba a todos a hablar sin eufemismos, como debe ser. Steven Levitsky, profesor regular de Harvard, ha vuelto a Lima para dictar un par de cursos en la Universidad Católica. Lo ubicamos en un café sanisidrino para hablar de actualidad y otros temas. Su palabra promete volver a alborotar el gallinero.
–¿Cómo está respondiendo el gobierno frente a la crisis de Conga?
–Bastante mal. Ya llevamos ocho meses de crisis y el gobierno no ha logrado apagar el fuego. La crisis, que inicialmente era local, se ha nacionalizado. El haber recurrido a la Iglesia Católica como mediadora es un acto de desesperación.
–¿Te parece una buena salida realizar un referéndum para decidir si el proyecto va?
–Elegimos gobiernos cada cinco años para solucionar los conflictos sociales. Vivimos una democracia representativa, no una democracia directa. En general, no es bueno hacer un referéndum cada vez que haya un desacuerdo. Pero podría ser que el Perú llegue a un punto de conflictividad tal que la única salida legítima sea un referéndum.
–¿Qué puede hacer el gobierno para que no lleguemos a ese extremo?
–El gobierno no ha hecho suficientes esfuerzos para negociar. A diferencia de los ochenta o noventa, hoy la administración tiene muchos recursos económicos para negociar. Se puede poner sobre la mesa la redistribución del dinero, ya sea a través de obras, pagos directos o programas sociales. El gobierno debe “comprar” lealtades y dividir a la oposición. Pero si va a Cajamarca y no ofrece nada, solo muertos, ayuda a unificar a la oposición.
–El presidente Ollanta Humala se reunió hace dos semanas con 65 alcaldes provinciales y distritales de Cajamarca para hablar de proyectos de inversión en la región.
–El gobierno tiene que empezar hablando con las cabezas. No puede ignorar al presidente regional o a las figuras con mayor capacidad de movilización de Cajamarca.
–Los protestantes anti Conga no han dejado de movilizarse a pesar de que sigue vigente el estado de emergencia, que suspende el derecho de reunión. ¿No es esto peligrosamente desafiante?
–Es lo que es. El Perú es un país muy desigual con un Estado que funciona muy mal, partidos políticos extremadamente débiles y una sociedad fragmentada. Decir solo que los manifestantes son rojos, radicales, antiperuanos es inútil. El gobierno tiene que lidiar con el Perú como está.
–Humala está por cumplir su primer año de gobierno con la lamentable cifra de 15 peruanos muertos en protestas sociales. Muy cerca de los 17 fallecidos por el mismo motivo durante el primer año de gobierno de Alan García. ¿Ollanta Humala no se está pareciendo a García?
–En cierto sentido, sí; y en cierto sentido, no. Para empezar, García tiene una capacidad política muy amplia: García habla, García explica, García negocia, teje alianzas, sabe construir y mantener el poder. Humala no muestra ninguna de estas capacidades. Yo confío en que él pueda aprenderlas. En lo que sí se está pareciendo a Alan García es en la criminalización de la protesta.
–¿Te sorprendió este tacto represivo de Humala?
–Sí. Humala está más a la derecha de lo que pensaba. Yo esperaba de él un esfuerzo para gobernar en la centroizquierda, y se ha pasado más bien a la centroderecha. Se parece mucho al gobierno de Lucio Gutiérrez, en Ecuador, que fue un populista de izquierda en la campaña y que cuando ganó se tiró abruptamente a la derecha.
–¿Cómo explicas que Ollanta Humala haya cambiado de orientación política en pocos meses? A Alan García el viraje le tomó años.
–Humala es un novato, no tiene experiencia, no tiene partido. Es un político que no debe consultar sus decisiones con una organización y que no tiene formación partidaria. Tampoco posee una red antigua de aliados. Está libre. Puede hacer lo que le dé la gana.
–¿El gobierno nacionalista se está tornando autoritario?
–No lo creo. Es cierto que la represión que ha habido en Cajamarca y Espinar es grave y atenta contra la democracia, pero a pesar de esto el régimen sigue siendo democrático. No ha atacado a la prensa, no ha atacado a la oposición, tampoco al Congreso. No me gusta mucho el estado de emergencia, pero fue legal, constitucional.
–¿Medidas como la detención de Marco Arana no son autoritarias?
–Sí, lo de Arana fue algo bruto, un autogol tremendo. Pero la práctica de detener activistas es tan común en las democracias andinas que si yo dijera que Humala es autoritario por eso también debería decir que todos los gobiernos andinos de los últimos 25 años han sido autoritarios.
–La derecha parece estar encantada hoy con Humala. ¿Crees que es así?
–Si Humala cree que los de la derecha política o mediática son sus aliados, está errado. Ellos lo están empujando a poner mano dura, pero si hay una crisis como la del ‘Baguazo’ (ojalá que no), ¿acaso lo van a respaldar? No, lo van a abandonar. No son sus aliados. Humala tiene que pensar seriamente en formar una coalición más segura.
–¿Qué papel tienen los medios de comunicación de derecha que, luego de haber lapidado a Humala en campaña, hoy lo respaldan cínicamente?
–Me parece que los medios conservadores han tenido un impacto bastante fuerte en la población. Hay un consenso de la clase media para arriba en que hay que poner mano dura en Cajamarca. La política represiva en esa región tiene mucho respaldo en Lima. La gente que hace un año me decía que Humala iba a ser Velasco, que quería sacar toda su plata del país y que, no exagero, se preguntaba si él iba a expropiar su casa en Asia, esa misma gente ahora dice que Humala va muy bien. Ayer me lo dijo un amigo de mi familia, y yo le pregunté: “¿Y los 15 muertos?”. Él me respondió: “¿Qué muertos?”.
Señores, no veo el futuro
Steven Levitsky llegó por primera vez a Lima en 1996. Vino fascinado por una mujer que años después se convertiría en su esposa, la periodista peruana Liz Mineo. Se quedó varios meses en el Perú escribiendo su tesis de doctorado. El gobierno de Alberto Fujimori empezaba a mostrar su rostro más déspota y corrupto. El Poder Judicial no era independiente, los medios estaban tomados y un asesor de inteligencia operaba desde las entrañas de Palacio. A Levitsky le fascinó este tufillo de precariedad; era un fabuloso objeto de estudio. Desde entonces, ha venido a Lima casi todos los años. Miembro de una familia judía de ascendencia polaca y rusa, conoció desde niño la reflexión permanente. Su padre era psicólogo y profesor, y fomentó en él una actitud curiosa. “Cuando decía algo, ya sea sobre el clima, el deporte o la política, él me preguntaba por qué, hacía que yo defendiera mi punto de vista. Aprendí por eso a pensar, a hacer argumentos”, recuerda el hoy profesor de Gobierno y Estudios Sociales de la Universidad de Harvard. Otro valor que heredó de su padre fue la tendencia política: el progresismo. Cuando era joven, Steven simpatizaba con la revolución sandinista de Nicaragua. Todo cambió cuando visitó ese país en 1988 y vio de cerca los abusos que cometían los propios revolucionarios. Conoció la inconsistencia, el doble rasero, el artificio político. Se convirtió en alguien más escéptico, pero también más un analista equilibrado. Un intelectual capaz de desenmarañar los hechos y encontrarles una lógica.
–Tal vez la mayor tentación del politólogo es la de oficiar de oráculo y predecir el futuro. Por ejemplo, Carlos Meléndez sostuvo dos meses antes de las últimas elecciones que Humala no ganaría, y después reconoció que el escepticismo había sesgado su análisis. ¿Por qué ocurre esto?
–Yo odio predecir. La realidad depende de miles de factores y cambia rápidamente. En América Latina hay más predicciones que en Estados Unidos porque los medios interactúan mucho más con los intelectuales. Allá a nadie le importa lo que dicen los politólogos. En Estados Unidos no me entrevistan nunca, nadie me pregunta qué va a pasar. El único evento en el que los politólogos gringos predicen son las elecciones presidenciales. Entonces usan modelos estadísticos muy desarrollados, y la verdad, suelen acertar. En el Perú predecimos porque los medios nos buscan. Todos hemos fallado alguna vez.
–¿Cuándo fallaste tú, por ejemplo?
–Cuando afirmé en las páginas de DOMINGO, a fines de los noventa, que el Apra tenía que deshacerse de Alan García para volver al poder. Me equivoqué. García volvió a Palacio el 2006.
–Cuando dijiste en la última campaña electoral que mientras que de Humala podíamos tener dudas, de Keiko Fujimori teníamos pruebas, ¿no fuiste algo optimista con el nacionalista?
–No. Yo tenía dudas sobre Humala. La frase salió en una entrevista de PuntoEdu, no fue un eslogan pensado para la campaña. Mónica Delta había dicho en su programa, un poco antes de la primera vuelta, que de los cinco candidatos había cuatro demócratas y uno autoritario, que era Humala. Yo dije: “Bueno, si queremos pruebas de autoritarismo, solo hay una fuerza que ha gobernado, la fujimorista”. Humala tampoco era de mi preferencia, pero por lo menos su performance era una interrogante.

–O sea, no apostaste por Humala.

–No. Como para muchos otros, para mí era el mal menor.
–Otra crítica que hacen a los politólogos peruanos es su falta de trabajo de campo para emitir opiniones con sustento científico. Hace poco, Meléndez escribió: “Nos hemos refugiado en escritorios de catedráticos y en blogs rejuvenecedores que complementan el narcisismo de estantes repletos de nuestros propios libros […]”. ¿Qué piensas de esto?
–Tiene razón. Todos los politólogos, en algún momento de nuestra carrera, tenemos que ir al campo, ensuciarnos las botas y sentir la política de verdad. Meléndez es buen ejemplo de esto: viaja mucho y conversa con la gente; él conoce el Perú mejor que muchos politólogos peruanos. Pero esto es solo una parte del trabajo. Hablar con la gente no garantiza que desarrolles una teoría innovadora. Samuel Huntington, uno de los politólogos más famosos de Estados Unidos, jamás salía de su escritorio. No sé cómo, pero el tipo entendía muy bien de política sin salir a la calle. Pero para la gran mayoría de seres humanos es indispensable hacer trabajo de campo.
Los e-mails de Aldo Mariátegui
El profesor de Harvard pasó todo un año (parte del 2010 y parte del 2011) observando las elecciones municipales y generales peruanas. Hoy dice que tal vez lo que más aprendió de aquellos días fue la realidad del fujimorismo desde adentro: pasó varios días conversando con congresistas y dirigentes de ese movimiento. “La política peruana es muy difícil de entender, mucho más que la de Argentina”, dice. Todo este tiempo, luego de la frase de las dudas y las pruebas sobre Fujimori y Humala, ha debido lidiar con la arremetida de analistas y periodistas de derecha.
–Los sectores más conservadores te han lanzado varios puyazos. Aldo Mariátegui, por ejemplo, te ha llamado “caviarón yanqui”.
–No sé qué quiere decir caviar. Si caviar es una persona de clase media o media alta con ideas progresistas, claro que soy caviar. Los académicos en todo el mundo son mayoritariamente progresistas. No entiendo el punto. Ahora, mis gustos son un poco populistas. No me gustan los restaurantes finos. En Estados Unidos almuerzo y ceno en lugares muy básicos, muy humildes. Me visto mal. No gasto mucha plata. Quizá no soy caviar.
–¿Es cierto que Aldo Mariátegui y tú conversan en los cafés?
–Aldo y yo nos comunicamos casi todas las semanas por e-mail. Aldo es Aldo, le gusta pegar y tirar bombas. Yo nunca concuerdo con sus puntos de vista. Más que conversaciones pesadas o intelectuales, nos jodemos en tono de broma. Converso con él porque en una democracia no debe haber enemigos.
 EL DILEMA DEL FUJIMORISMO
 El triunfo electoral del PRI en México demuestra que los políticos autoritarios y corruptos pueden volver al poder si es que quienes los suceden demuestran ineficiencia en el manejo económico y social del país. ¿Ves al fujimorismo con posibilidades de gobernar de nuevo el Perú?
Sí, claro. Ahora, hay algunas diferencias entre México y Perú. El PRI es un partido fuerte, que controlaba 20 de los 32 estados mexicanos y tenía la mayor presencia en el Congreso antes de las elecciones. Durante sus años de gobierno, México fue el país que más creció económicamente de Latinoamérica. Entonces, mucha gente tiene un grato recuerdo del PRI. El fujimorismo no es un partido muy fuerte. El porcentaje de votantes con identidad fujimorista se calcula entre el 10 y el 20 por ciento. Y si bien hay gente que recuerda con buenos ojos su desempeño, la memoria de la corrupción y autoritarismo sigue siendo bastante fuerte.
¿El fujimorismo es lo más parecido a un partido político en el Perú de hoy?
Probablemente el Apra sea lo más parecido a un partido político. El fujimorismo tiene condiciones de consolidarse como partido, tiene cierta militancia, cierta mística. Sin embargo, hoy no está tan fuerte como en el gobierno de Toledo, cuando se sentía víctima de una persecución política.
Fuente: Diario La República, revista "Domingo". 15 de julio del 2012.

domingo, 27 de mayo de 2012

Las ciencias políticas y los imperativos predictivos en las ciencias sociales.


¿Por qué la ciencia política no previó los cambios en el mundo árabe?

Farid Kahhat (Internacionalista)


En un ensayo publicado en abril de 2010, el novelista egipcio Ala Al Aswany decía lo siguiente sobre su país: “la situación puede explotar con fuerza en cualquier momento”. Al igual que los politicólogos, Al Aswany no estaba en condiciones de predecir ni el cuándo ni el cómo de ese eventual estallido. Pero a diferencia de los politicólogos (que suelen centrar su atención en los actores políticos formales y los incentivos que provee el entramado institucional bajo el cual tiene lugar su interacción), Al Aswany creía haber identificado un magma social en ebullición, con consecuencias políticas previsibles: tarde o temprano, aquel habría de producir una erupción volcánica que podría poner fin a un orden autoritario que hasta la víspera parecía esculpido en piedra.
El carácter fortuito de los hechos que operaron como detonante en cada uno de los estallidos ulteriores (V., la inmolación a lo bonzo de un vendedor de frutas en Túnez, el trato vejatorio de las autoridades contra unos escolares por pintar grafitis en Siria, una marcha de los familiares de presos fallecidos durante un motín carcelario en Libia, etc.), sugieren que Al Aswany tenía razón. Sugiere lo mismo el que se replicara en otros países la experiencia que operó como detonante en Túnez (V., individuos que se prendían fuego en lugares públicos), sin producir resultados similares. Parafraseando la metáfora leninista, en ausencia de un trasfondo social que fungiera de combustible, una chispa no bastaba para incendiar la pradera. Aunque de modo implícito antes que explícito, y desde el ensayo antes que desde la investigación académica, Al Aswany sugiere una perspectiva de lo político cercana a la que postulaba Samuel Huntington en su crítica a la teoría de la modernización. Así, mientras esa teoría preveía sinergias entre las distintas facetas del proceso de modernización, Huntington observó que niveles ascendentes de desarrollo económico y social tendían a producir golpes de Estado y revoluciones (entre otras formas de inestabilidad política), antes que una transición pausada hacia la democracia representativa. Y su explicación de esa paradoja era la distancia que existe entre las expectativas de una población que alcanza cierto grado de movilización, educación y medios económicos, y un sistema político que no ofrece canales institucionalizados de participación. Si añadimos el denominado “Capitalismo de amigotes” (en donde las conexiones políticas son la principal explicación de las utilidades empresariales), esa podría ser una buena descripción de lo que aconteció en Túnez y, en menor medida, en Egipto, países cuyos índices de desarrollo humano se elevaron en un  30 y un 28% respectivamente entre 1990 y 2010. Precisamente por eso Francis Fukuyama reivindica la perspectiva de Huntington por oposición a la evolución posterior de la ciencia política. Según él, “Huntington fue uno de los últimos estudiosos de las ciencias sociales que intentó entender los vínculos entre los cambios políticos, económicos y sociales de forma global”.
Ahora bien, podrían esgrimirse varios argumentos para explicar por qué los politicólogos no pudieron prever los cambios en curso en el mundo árabe. Un primer argumento es que quienes creen que las ciencias sociales deberían ser capaces de predecir y controlar la evolución de su objeto de estudio, no entienden las diferencias entre el objeto estudio de las ciencias sociales y el de las ciencias naturales (por ejemplo, a diferencia de los insectos que estudian los entomólogos, las personas son capaces de comprender las teorías que pretenden explicar su conducta, y de modificar su conducta en respuesta a su comprensión de esas teorías). Peor aún, tienen una comprensión errada de las ciencias naturales: la astronomía, por ejemplo, tiene una gran capacidad predictiva, pero no tiene mayor capacidad para influir sobre los cuerpos celestes que constituyen su objeto de estudio. Y la teoría de Darwin explica la evolución de las especies, pero no hace mayores predicciones sobre su derrotero futuro. No en vano quienes creen lo contrario están en buena compañía cuando yerran: la mayoría de los politicólogos no pudo prever los cambios en el mundo árabe, de la misma manera en que la mayoría de los académicos en economía (la ciencia social que más ha avanzado en el propósito de emular a las ciencias naturales), no pudo prever la “Gran Recesión” de 2008.
A su vez, quienes dentro de la ciencia política creen que las ciencias sociales deberían aspirar a tener una capacidad predictiva, podrían alegar que las explicaciones de las revueltas basadas en variables estructurales casi siempre lo hacen de manera post hoc (es decir, después de ocurridos los hechos). Suelen por ello padecer de un “sesgo retrospectivo”, lo cual implica que pueden construir explicaciones que parecen calzar los hechos ya conocidos, pero que no tienen mayor capacidad predictiva. Y aunque la predicción de Al Aswany fuera acertada, en ausencia de una explicación rigurosa sobre la razón por la que una determinada secuencia de eventos es considerada necesaria, podría tratarse de una coincidencia tan afortunada como espuria.
Fuente: América Economía. 25 de mayo del 2012.

Julio Cotler y su contribución al conocimiento de las ciencias sociales en América Latina.



Cotler

Por: Eduardo Dargent (Politólogo)

El viernes último, la Latin American Studies Association, asociación de académicos enfocados en América Latina, entregó su prestigioso premio Kaltman Silverta a Julio Cotler por su contribución “al conocimiento de las ciencias sociales en América Latina”. En su discurso de aceptación, Cotler realizó un fascinante repaso de su trayectoria, resaltando cómo distintos eventos sociales y políticos marcaron su desarrollo intelectual y sus posiciones políticas.

Fue muy emocionante escuchar estas reflexiones, así como ver el cariño y admiración de diversas generaciones de estudiosos de la región presentes en el auditorio. Cotler narró, por ejemplo, cómo desde sus tiempos de estudiante en un contexto radicalizado, una serie de eventos lo fueron vacunando contra promesas autoritarias de cambio social y de culto a la personalidad, desde los excesos del totalitarismo soviético hasta los abusos de caudillismos y gobiernos autoritarios de toda laya en América Latina. Estas experiencias lo llevaron hacia el liberalismo y la valoración de la democracia como régimen político.

Asimismo, discutió cómo sus estudios doctorales en Francia lo expusieron a diversas aproximaciones teóricas que buscaban entender un mundo en vertiginoso cambio social, así como a ardientes debates sobre el fin del colonialismo y la guerra fría. Tras graduarse como doctor en sociología en los sesenta, Cotler participa en una serie de proyectos en Estados Unidos y Europa que investigaban la política en sociedades en desarrollo. Nos contó cómo su exposición a aproximaciones teóricas diversas –como las teorías de la modernización y la dependencia– fue marcando su visión de estos procesos.

Con este bagaje, Cotler retorna al Perú en los sesenta para iniciar, desde el Instituto de Estudios Peruanos, una serie de investigaciones sobre los cambios y continuidades de un país en ebullición. De este periodo nos quedan algunos trabajos fundamentales que años después servirían como base para Clases, Estado y Nación, su principal texto. Exiliado por el gobierno militar debido a sus críticas al proyecto modernizador autoritario de Velasco, se vincula por esos años con los estudios sobre régimen político y transición democrática en América Latina.

Años después, regresa al país y presencia la debacle del Perú en los ochenta. Las críticas a las élites políticas de esos años en su discurso fueron demoledoras, resaltando cómo tanta irresponsabilidad fue una de las causas del fujimorismo. Concluyó discutiendo la situación actual del país, comentando algunos cambios que considera positivos, pero alertando sobre los enormes costos y riesgos de nuestra debilidad estatal e institucional.

Personalmente, recojo tres facetas de la vida y obra de Cotler que se celebraron ese día. Primero, se aplaudió al intelectual que está por encima de posiciones ideológicas o analíticas fáciles, posiciones que explican todo y no cuestionan sus propios límites. La obra académica de Cotler, así como sus opiniones públicas, no ha seguido modas, sino que siempre ha estado en diálogo permanente con nuevas teorías y con la realidad, aprendiendo y revisando sus ideas.

Segundo, celebramos al académico cosmopolita que se vinculó a comunidades de estudio del mundo y en cuya obra sitúa al caso peruano en un contexto amplio para así poder entender mejor las particularidades de su país. Al vincularse a debates que en ese momento atravesaban el mundo y comparar el caso peruano con países como México, Argentina y Venezuela, logró resaltar diversos aspectos que hacen al Perú un caso interesante de estudio.

Finalmente, se celebró a un demócrata. Julio Cotler ha sido una de las pocas referencias de coherencia democrática para muchos de mi generación. No se dejó seducir por autoritarismos de ningún tipo, ni por promesas de cambio acelerado que sacrificaban la libertad, ni por mesías iluminados. Su denuncia a los costos de estos proyectos autoritarios y excluyentes ha marcado su actividad pública en las últimas décadas. Es esta desconfianza del poder y la búsqueda de límites claros a la acción del Estado, bases de la tradición política e intelectual del liberalismo clásico, las que hacen a Cotler un demócrata consecuente en un país donde no abundan. Por todas estas razones, un merecido reconocimiento.

Fuente: Diario 16 (Perú). 27-05-12

Recomendado:

Julio Cotler y la visión de un país marcado por la continuidad de prácticas coloniales, excluyentes y discriminadoras. Martín Tanaka.



domingo, 20 de mayo de 2012

Intelectuales y política. Carlos Fuentes, intelectual comprometido y generación en extinción.


Carlos Fuentes (1928-2012)

Por: Martín Tanaka (Politólogo)


Nos dejó el notable escritor mexicano Carlos Fuentes, y sobre su legado se han escrito muchas cosas en todo el mundo; obviamente, se ha resaltado el enorme valor de su producción literaria. Aquí yo quisiera comentar algo sobre el Fuentes ensayista político, e intelectual comprometido.
El padre de Fuentes era diplomático, y creció en Buenos Aires, Santiago, Washington D.C., y por supuesto, en Ciudad de México. Creció en un mundo en el que las políticas del New Deal de Franklin D. Roosevelt salvaron a los Estados Unidos y en gran medida al capitalismo mundial, sentaron las bases de los Estados de bienestar y construyeron la legitimidad con la que se enfrentó al fascismo en la segunda guerra mundial. En esos años, el populismo de Lázaro Cárdenas en México intentaba combinar la modernización, el desarrollo económico y la integración social, y abría las puertas del país a los españoles perseguidos por el franquismo, que nutrieron el cosmopolitismo de sus élites y sentaron las bases para las políticas internacionales solidarias con causas progresistas que lo han caracterizado históricamente.
Estas experiencias resultan decisivas para entender al Fuentes ensayista político: identificado con un progresismo liberal y democrático, que entendió América Latina como parte de Iberoamérica, que definió nuestra identidad como la mezcla de nuestra historia y tradiciones más antiguas y míticas, y nuestro componente moderno y occidental (cuestión que se muestra elocuentemente en su novelística), heredado de España, que a su vez es una mezcla de herencias cristianas, árabes y judías, de donde vienen también tradiciones de pensamiento que alimentaron la doctrina de los derechos humanos y el liberalismo. La nuestra sería “una cultura más moderna mientras más arraigada en la tradición” (de lectura especialmente relevante resultan El espejo enterrado, de 1992 y En esto creo, de 2002). Pero no se trata solamente de sus textos. El prestigio literario de Fuentes le permitió convertirse en un actor político en sí mismo, puente entre los políticos latinoamericanos y españoles y europeos dentro del mundo socialdemócrata, y entre Cuba, México, y los Estados Unidos.
Muchos comentaristas han señalado, con acierto, que Fuentes era prácticamente el último representante de una especie en extinción, un producto del siglo XX. El escritor comprometido con ideas claras sobre el rumbo que el mundo debía tomar, y que aconsejaba a Fidel Castro, Felipe González, François Mitterrand, Julio M. Sanguinetti, Ricardo Lagos, Bill Clinton, Massimo D’Alema, o Juan Manuel Santos. Hoy, los escritores no son intelectuales, los políticos ni leen ni admiran a los escritores, la ciudadanía no encumbra a los intelectuales como “conciencia moral” del país. Sus dudas respecto al mundo actual y al futuro quedaron recogidas en el libro El siglo que despierta (2012) donde señala que vivimos “un momento de cambio llamativo, de muchas cosas que yo no entiendo. No entiendo hacia dónde va todo”. Tareas para las nuevas generaciones.
Fuente: Diario La República (Perú). 20 de mayo del 2012.

jueves, 17 de mayo de 2012

Debilidad institucional y éxito macroecónomico del Estado peruano. Relación entre la economía y la imagen presidencial.


Una Paradoja Peruana
Por: Steven Levitsky (Politólogo estadounidense)
En casi todo el mundo, existe una fuerte relación entre la economía y la imagen del gobierno.  En los Estados Unidos, la imagen presidencial sube y baja de una manera casi mecánica con el ritmo de la economía.  En Brasil, Lula terminó su presidencia con amplia popularidad gracias al crecimiento más alto en décadas.   En Argentina, Cristina Kirchner estuvo en el piso durante la recesión de 2009, pero se recuperó gracias al boom de 2010-2011.
En el Perú, sin embargo, no parece existir una relación entre la economía y la imagen del presidente.  En la última década, la tasa del crecimiento peruano ha sido uno de los más altos del mundo, pero los presidentes Toledo y García eran dos de los presidentes menos populares de América Latina.  Aunque el crecimiento del PBI peruano a veces duplicaba el de Brasil y  Chile, la imagen de Toledo y García no llegó ni a la mitad de Lula, Dilma, Lagos, o Bachelet.  Este patrón parece repetirse con Humala.  La economía no está mal. Pero el descenso de Humala ya empezó, sobre todo entre los sectores más pobres.
¿Cómo se explica la baja popularidad de los presidentes peruanos, a pesar del boom económico? En sectores de la derecha se escuchan explicaciones culturales y hasta racistas.   Se dice que los peruanos —sobre todo, los del interior— son ignorantes, irracionales, y envidiosos.  Que les falta oxígeno.  O —como dijo el Presidente García— que les faltan sol y sangre negra.   
Según la izquierda, el crecimiento se ha concentrado en ciertos sectores, dejando muchos afuera. Y a diferencia de Argentina, Brasil y Chile, los recursos generados por el crecimiento no han sido invertidos seriamente en políticas sociales redistributivas.  Este argumento es cierto, pero solo hasta un punto.   La gran mayoría de los peruanos aumentaron sus ingresos en los últimos años, pero la mayoría de esa mayoría sigue siendo anti-gobierno.    
Para mí, dos factores explican la brecha entre el crecimiento y la imagen de los gobiernos peruanos.  Primero, por varias razones (entre ellos, el colapso de los partidos), los peruanos tuvieron que elegir el mal menor en las últimas tres elecciones.   Toledo no era muy querido en 2001, pero enfrentó a García, que era menos querido que él.  García ganó en el 2006 porque enfrentó a un candidato más espantoso que él (Humala).  Y en 2011, Humala ganó la clásica “Cáncer-Sida” porque fue menos repugnante que Keiko Fujimori.  Pero ser el menos repugnante no es un mandato electoral.   Mientras los triunfos de Obama, Uribe, Lula, y Morales generaron entusiasmo, los de Toledo, García, y Humala generaron poco más que resignación.  Desde el comienzo, eran presidentes poco queridos.
La segunda —y más importante— causa de la brecha entre la economía y la imagen presidencial es la debilidad del estado.  El Perú tiene uno de los estados más disfuncionales de América Latina.  Muchas instituciones estatales no funcionan, y en algunas zonas, ni siquiera existen.  En muchas partes del interior, los servicios públicos (educación, salud, agua potable, infraestructura) no llegan, y si llegan, son plagados por la corrupción y la ineficiencia.  Los gobiernos locales y regionales carecen de un mínimo de capacidad administrativa. Y la seguridad y la justicia —funciones básicas del estado— no son ni mínimamente garantizados.
Donde el estado es débil, es muy difícil gobernar bien. Las políticas sociales, educativas, o de seguridad lanzados por el gobierno son difíciles de implementar porque los agentes del estado —burócratas, maestros, policías— no cumplen con sus directivas.  A algunos le falta capacidad.  Otros carecen de recursos.  Otros son corruptos y el estado no puede controlarlos.  Cuando la debilidad institucional impide que las leyes se cumplan y las políticas nacionales se implementen, aun los gobiernos mejores intencionados fracasan.
La debilidad del estado debilita a los gobiernos de varias maneras.  Primero, genera crisis. Se aumenta la probabilidad de estallidos sociales, episodios de violencia, rebrotes de grupos subversivos, o de accidentes trágicos.  Donde el estado funciona, como en Chile o Uruguay, hay menos Arequipazos, Ilaves, Andahuaylazos, Baguas, Congas, y Kepashiatos.  Las crisis desgastan.   Cuando surgen, los gobiernos y los ministros de turno pagan un precio político enorme.  Así es la democracia.  Pero cuando la democracia coexiste con un estado débil, las crisis son mucho mas frecuentes, y como consecuencia, los gobiernos sufren más desgaste.

Pero no es solo la crisis que desgasta.  Un estado débil genera desgaste todos los días, sobre todo entre la gente de bajos ingresos.  Los ricos pueden evitar el contacto con el estado: tienen seguridad privada, médicos privados, y abogados privados. Estudian en colegios privados y se disfrutan en playas y clubes privados.  Pero la gente más pobre tiene que lidiar todos los días con un estado disfuncional: los malos colegios; el polvo de la calle sin pavimentar; las largas colas en la clínica; la oficina que no atiende; el policía corrupto; la inseguridad.  Y son problemas que no desaparecen con el crecimiento económico.  El sueldo puede subir de 300 a 600 soles, pero si los niños siguen enfermándose por el polvo o el agua, la cola en la clínica sigue siendo larga, los burócratas siguen siendo corruptos e indiferentes, y la calle sigue siendo peligrosa, la calidad de la vida cotidiana cambia poco.   Desde esta perspectiva, no hay que apelar a la ignorancia, la irracionalidad, la raza andina, o la falta de sol para explicar el descontento en el contexto del boom económico. Sin un estado mínimamente capaz, los gobiernos se desgastan rápidamente.
Poco después de asumir, el Presidente Humala declaró que la “verdadera revolución” sería “llevar el estado al interior del país,” para que el estado “no solamente resuelva el problema del 30% de la población, sino del 100% de la población.”  Tuvo razón.  Pero fortalecer el estado es una tarea ardua y lenta (y menos divertida que Gene Simmons).   Requiere recursos, tiempo, y mucha entrega.  García no tenía ganas de hacerlo.  Humala parecía tenerlas cuando asumió.   Si las pierde, es probable que termine como sus antecesores: poco querido, a pesar de sus éxitos macroeconómicos.  
Fuente: Diario La República (Perú).  13 de mayo del 2012.