sábado, 25 de agosto de 2012

Significado de la Democracia y la Democracia Contemporánea.



¿Es posible la democracia?

Por: Jorge Secada

Si la democracia es el gobierno del pueblo, pareciera que se trata de un sistema político inexistente. Según el Diccionario, democracia es favorecer la intervención del pueblo en el gobierno. Esto es tan vago que permite llamar democrático a prácticamente cualquier Estado. Una segunda acepción llama democracia al "predominio del pueblo en el gobierno". Sea lo que fuere, si la democracia requiere que, en alguna medida, el pueblo sea el que efectivamente gobierne, la democracia es imposible en países con millones de habitantes.

La respuesta usual frente a esta constatación apela a la noción de representación. En un sistema democrático, se dice, quienes gobiernan son representantes del pueblo. ¿Pero qué sentido real puede tener esta representación? Las elecciones no aseguran que sea la voluntad de los electores la que gobierne a través de sus representantes. No elegimos gobernantes como quien elige a su abogado; es más bien como si nos dieran a elegir uno entre cinco abogados, quien, una vez electo, hará lo que le parezca sin consultarnos. Podría responderse que la representación política consiste en salvaguardar los intereses del pueblo. La cuestión de cómo y quién determina esos intereses pone en evidencia que si la democracia implica la verdadera participación del pueblo en el gobierno, la noción de representación no ayuda a mostrar que algún Estado contemporáneo es democrático.

Las democracias contemporáneas, además, permiten la existencia de enormes diferencias en el poder económico de sus ciudadanos. En sociedades de escala masiva, estas diferencias se traducen con facilidad en diferencias de poder político, influyendo no solamente sobre su ejercicio sino sobre la posibilidad misma de acceso electoral al gobierno.

La teoría democrática alberga dos reacciones opuestas frente a estas críticas. Ambas aceptan lo esencial del problema. La más radical concluye que, en efecto, la democracia solamente es posible en sociedades demográficamente homogéneas y relativamente pequeñas. La más moderada busca maneras de rescatar la democracia en sociedades de masas mitigando las dificultades. Se proponen, por ejemplo, leyes para controlar el financiamiento de los candidatos en los procesos electorales o medidas que permitan el acceso popular al ejercicio del poder. Me inclino por pensar que, desde un punto de vista puramente teórico, la razón está con los primeros.

Nada de esto, por supuesto, argumenta en favor de sistemas alternativos de gobierno. Si las democracias existentes están lejos de ser democráticas, mucho más lo están las dictaduras y autocracias presentes y pasadas. En el mundo democrático actual hay por lo menos algo de libertad política efectiva. La irrestricta libertad de expresión puede servir para atenuar las desigualdades de poder económico y político, particularmente ahora que existe la red virtual. De ahí la importancia que tiene proteger a Julian Assange del alcance del gobierno de los EEUU. Repetidamente Wikileaks ha revelado información que los gobiernos afectados hubiesen preferido que no se haga pública, y ha servido para darle acceso al ejercicio del poder a quienes supuestamente lo poseen en una democracia, al menos en calidad de mirones. Ocasionalmente, sus revelaciones han sacado a la luz conductas reprobables. Nada de lo revelado ha puesto en peligro la seguridad ciudadana. Lo que sí se ha violado es el inexistente derecho de gobiernos democráticos a esconderse del escrutinio público independiente.

La cultura de las democracias capitalistas contemporáneas es la cultura liberal de consumo, cultura que crecientemente se expande por el resto del mundo. El desarrollo que promueve consiste en alcanzar ciertos niveles de productividad económica y de acumulación de capital y en construir una sociedad estable de consumidores. Aunque predique la libertad como valor supremo, no la concibe como un ejercicio de verdadera autonomía ni busca educar ciudadanos críticos frente a las estructuras de la sociedad que los rodea.

¿Cuántas niñas de 12 o 14 años quieren maquillarse? En ciertos países y grupos sociales, una mayoría. ¿De dónde les sale este deseo? Ciertamente no es innato ni natural. Es el resultado, más bien, de la publicidad y de otros mecanismos de socialización. Hace algunos años la organización contracultural Adbusters (http://www.adbusters.org) diseñó una efectiva campaña publicitaria contra el uso de cosméticos por parte de niñas y adolescentes, apoyándose tanto en valores estéticos como en los efectos nocivos de estos productos y en los procedimientos –particularmente crueles con algunos animales- que se usan para fabricarlos. Ninguna de las revistas contactadas, las principales que se dirigen hacia este sector de la población en los EEUU, aceptó publicarla. Algunas ignoraron el pedido como si se tratase de una broma de mal gusto; unas cuantas explicaron que de hacerlo pondrían en peligro la publicidad de la cual viven. Los padres saben lo difícil que es proteger a chicos aún en edad formativa de las influencias manipuladoras de corporaciones cuya única finalidad es lograr que el niño consuma a través de sus familiares. No es difícil imaginar cómo extender este argumento al resto de nuestra cultura.

El Perú hoy debe conjugar crecimiento económico con equidad y pluralidad cultural. Queremos un Estado que sea democrático en la medida de lo posible y no solo de nombre. Tenemos la suerte de estar en las márgenes de occidente y de poseer un vasto caudal de culturas que no han sido viciadas aún por la modernidad individualista liberal. Tenemos los recursos para construir un país auténtico con ciudadanos genuinamente libres. Hacerlo está en nuestras manos. 

Fuente: Diario 16 (Perú). 25/08/2012

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