jueves, 17 de mayo de 2012

Debilidad institucional y éxito macroecónomico del Estado peruano. Relación entre la economía y la imagen presidencial.


Una Paradoja Peruana
Por: Steven Levitsky (Politólogo estadounidense)
En casi todo el mundo, existe una fuerte relación entre la economía y la imagen del gobierno.  En los Estados Unidos, la imagen presidencial sube y baja de una manera casi mecánica con el ritmo de la economía.  En Brasil, Lula terminó su presidencia con amplia popularidad gracias al crecimiento más alto en décadas.   En Argentina, Cristina Kirchner estuvo en el piso durante la recesión de 2009, pero se recuperó gracias al boom de 2010-2011.
En el Perú, sin embargo, no parece existir una relación entre la economía y la imagen del presidente.  En la última década, la tasa del crecimiento peruano ha sido uno de los más altos del mundo, pero los presidentes Toledo y García eran dos de los presidentes menos populares de América Latina.  Aunque el crecimiento del PBI peruano a veces duplicaba el de Brasil y  Chile, la imagen de Toledo y García no llegó ni a la mitad de Lula, Dilma, Lagos, o Bachelet.  Este patrón parece repetirse con Humala.  La economía no está mal. Pero el descenso de Humala ya empezó, sobre todo entre los sectores más pobres.
¿Cómo se explica la baja popularidad de los presidentes peruanos, a pesar del boom económico? En sectores de la derecha se escuchan explicaciones culturales y hasta racistas.   Se dice que los peruanos —sobre todo, los del interior— son ignorantes, irracionales, y envidiosos.  Que les falta oxígeno.  O —como dijo el Presidente García— que les faltan sol y sangre negra.   
Según la izquierda, el crecimiento se ha concentrado en ciertos sectores, dejando muchos afuera. Y a diferencia de Argentina, Brasil y Chile, los recursos generados por el crecimiento no han sido invertidos seriamente en políticas sociales redistributivas.  Este argumento es cierto, pero solo hasta un punto.   La gran mayoría de los peruanos aumentaron sus ingresos en los últimos años, pero la mayoría de esa mayoría sigue siendo anti-gobierno.    
Para mí, dos factores explican la brecha entre el crecimiento y la imagen de los gobiernos peruanos.  Primero, por varias razones (entre ellos, el colapso de los partidos), los peruanos tuvieron que elegir el mal menor en las últimas tres elecciones.   Toledo no era muy querido en 2001, pero enfrentó a García, que era menos querido que él.  García ganó en el 2006 porque enfrentó a un candidato más espantoso que él (Humala).  Y en 2011, Humala ganó la clásica “Cáncer-Sida” porque fue menos repugnante que Keiko Fujimori.  Pero ser el menos repugnante no es un mandato electoral.   Mientras los triunfos de Obama, Uribe, Lula, y Morales generaron entusiasmo, los de Toledo, García, y Humala generaron poco más que resignación.  Desde el comienzo, eran presidentes poco queridos.
La segunda —y más importante— causa de la brecha entre la economía y la imagen presidencial es la debilidad del estado.  El Perú tiene uno de los estados más disfuncionales de América Latina.  Muchas instituciones estatales no funcionan, y en algunas zonas, ni siquiera existen.  En muchas partes del interior, los servicios públicos (educación, salud, agua potable, infraestructura) no llegan, y si llegan, son plagados por la corrupción y la ineficiencia.  Los gobiernos locales y regionales carecen de un mínimo de capacidad administrativa. Y la seguridad y la justicia —funciones básicas del estado— no son ni mínimamente garantizados.
Donde el estado es débil, es muy difícil gobernar bien. Las políticas sociales, educativas, o de seguridad lanzados por el gobierno son difíciles de implementar porque los agentes del estado —burócratas, maestros, policías— no cumplen con sus directivas.  A algunos le falta capacidad.  Otros carecen de recursos.  Otros son corruptos y el estado no puede controlarlos.  Cuando la debilidad institucional impide que las leyes se cumplan y las políticas nacionales se implementen, aun los gobiernos mejores intencionados fracasan.
La debilidad del estado debilita a los gobiernos de varias maneras.  Primero, genera crisis. Se aumenta la probabilidad de estallidos sociales, episodios de violencia, rebrotes de grupos subversivos, o de accidentes trágicos.  Donde el estado funciona, como en Chile o Uruguay, hay menos Arequipazos, Ilaves, Andahuaylazos, Baguas, Congas, y Kepashiatos.  Las crisis desgastan.   Cuando surgen, los gobiernos y los ministros de turno pagan un precio político enorme.  Así es la democracia.  Pero cuando la democracia coexiste con un estado débil, las crisis son mucho mas frecuentes, y como consecuencia, los gobiernos sufren más desgaste.

Pero no es solo la crisis que desgasta.  Un estado débil genera desgaste todos los días, sobre todo entre la gente de bajos ingresos.  Los ricos pueden evitar el contacto con el estado: tienen seguridad privada, médicos privados, y abogados privados. Estudian en colegios privados y se disfrutan en playas y clubes privados.  Pero la gente más pobre tiene que lidiar todos los días con un estado disfuncional: los malos colegios; el polvo de la calle sin pavimentar; las largas colas en la clínica; la oficina que no atiende; el policía corrupto; la inseguridad.  Y son problemas que no desaparecen con el crecimiento económico.  El sueldo puede subir de 300 a 600 soles, pero si los niños siguen enfermándose por el polvo o el agua, la cola en la clínica sigue siendo larga, los burócratas siguen siendo corruptos e indiferentes, y la calle sigue siendo peligrosa, la calidad de la vida cotidiana cambia poco.   Desde esta perspectiva, no hay que apelar a la ignorancia, la irracionalidad, la raza andina, o la falta de sol para explicar el descontento en el contexto del boom económico. Sin un estado mínimamente capaz, los gobiernos se desgastan rápidamente.
Poco después de asumir, el Presidente Humala declaró que la “verdadera revolución” sería “llevar el estado al interior del país,” para que el estado “no solamente resuelva el problema del 30% de la población, sino del 100% de la población.”  Tuvo razón.  Pero fortalecer el estado es una tarea ardua y lenta (y menos divertida que Gene Simmons).   Requiere recursos, tiempo, y mucha entrega.  García no tenía ganas de hacerlo.  Humala parecía tenerlas cuando asumió.   Si las pierde, es probable que termine como sus antecesores: poco querido, a pesar de sus éxitos macroeconómicos.  
Fuente: Diario La República (Perú).  13 de mayo del 2012.

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